Intentar borrar una ciudad de la memoria

Intentar borrar una ciudad de la memoria

¿Cómo puede llegar a amarse una ciudad? Amar sus rincones, sus parques, sus esquinas. Amar el salitre que la inunda cada día; amar quizás la sensación de ser dueño de un trozo de ella. Pero, con la misma pasión, odiarla hasta querer despedazarla o borrarla del mapa de la memoria.

Rafael Añez Bergés† (San Francisco de Macorís, 1940)  en La ciudad en nosotros: poemas 1969 (Santo Domingo: Editora Taller, 1972), tararea una canción agridulce en la que profesa una profunda rabia, y un profundo amor, hacia Santo Domingo, ciudad con aire pueblerino violentada por la Guerra de Abril, la invasión norteamericana y el inicio de los infaustos «Doce Años de Balaguer».

Añez Bergés pone en atmósfera al lector desde el inicio del libro, a través de un texto que sirve como  epígrafe y dedicatoria: «A ti, que como yo, / odiaste y amaste tanto / esta ciudad».  Y a partir de ese instante quien lee se sumerge en una poesía escrita «desde la negación y la rabia», como anota Soledad Álvarez en La ciudad en la poesía dominicana.  Más adelante Álvarez dice que en este libro se asoma «la ciudad vilipendiada en la desesperación del amor, oscuro objeto del deseo».  Y esto es notable en el inicio del Poema 8: «Sé que tanto tú como yo/ hemos odiado esta ciudad/ y que del odio ha nacido el amor inevitable/ hacia las cosas/ porque la ciudad es como una puta festiva/ que se vende», versos en los que se vuelve a mencionar, como en el epígrafe, esa frontera invisible entre el amor y el odio.

Escrito en 1969, pero publicado en 1972, La ciudad en nosotros está dividido en dos estaciones: en la primera se nos muestra una ciudad, aun provinciana y virginal, que es mancillada, en la segunda estación, por una guerra que trastornó la vida de sus habitantes y cuyas calles ahora han sido tomadas por una desilusión, un halito de derrota que hace recordar cada día a los perdidos en la Revolución de Abril.

Un dato curioso es que en la primera edición no aparece la «segunda estación», «censurada» por el propio autor quien había prometido a su madre, temerosa de que lo asesinaran como represalia, que sería publicada solo después de su muerte. Así, aparece de manera íntegra casi cincuenta años después.

En esta reunión de poemas transita la realidad de una ciudad que va entrando en la modernidad, que ha despertado, de golpe y porrazo, de la modorra pueblerina hasta convertirse en una urbe moderna y sofisticada pero en la que se figura un territorio hostil por la situación política de los «Doce Años de Balaguer».

Dos historia de amor, el amor romántico y el amor hacia la urbe, se configuran desde el Poema 1, que comienza con el recuento de la rutina diaria: «El violento despertar / con el desvencijado reloj / de los años de estudiante / el baño y la afeitada presurosa […] Mil rostros junto a ti / caminando por la acera / junto a ti en la cafetería / junto a ti en el ascensor / y el transistor japonés del “celador” del edificio / con Niní Cáffaro cantando “Es magia” / y la mañana presurosa que comienza»; y termina con unos versos para la mujer amada: «Y tú / tú en el mismo sitio de partida / tú en cada uno de mis actos / tú y tu pelo corriendo por la nuca / tú y tu prendedor con margaritas de fantasía / tú y tu mirada límpida, serena / y nuevamente el día que comienza».

El sujeto que poetiza sigue cantándole a esa mujer que es «compañera, amiga mía, amante mía / soplo de espuma entre mis piernas».

En el Poema 5 el paso, y el peso, de la rutina citadina se describe de una manera mordaz y no exenta de tristeza: «Sí, por eso, como una maldición / la tarde se ha detenido violentamente / sobre la ciudad / y nos ha robado la esperanza / para seguir viviendo en el amor […] defecar, morir y repetir la historia /fotograma a fotograma / construyendo la cinta cinematográfica / ¡la gran comedia! / donde los jóvenes de mañana se reirán / mientras hacen el amor y se masturban / en la obscuridad de las salas de cine / de los zaguanes, de los callejones».

En el Poema 8, que cierra la «primera estación» ese amor inevitable, nacido desde el odio, se convierte en la certeza «de que esta ciudad es perdidamente / nuestra muerte y nuestra vida». En otra parte de este texto se alude a la soledad citadina: «Por eso podría decir / que tú, que yo / que nosotros / estamos completamente solos / sobre esta ciudad tendida frente al mar / con su olor de molusco putrefacto».

En la «segunda estación», publicada en la segunda edición de 2017, hay una mayor carga ideológica y de crítica social y comienza con el Poema 9, en el que el poema le hace un reclamo, a voz en pecho, a la ciudad, representada por la otrora idílica playa de Güibia: «Meretriz / Matrona de la Noche / Diabla Cojuelo, / de los bacanales de Eros. / Coronela de batallas  / ganadas y perdidas». Habla específicamente en este texto de la destrucción del «Paraguas de Güibia», enramada donde se bailaba «bajo las empinadas canas / al ritmo de merengues cadenciosos, sones / y boleros para cortarse las venas / en locura de amor desesperado: Toña la Negra, María Luisa Landín, / Elvira Ríos, María Victoria…». El sujeto poético regresa al lugar donde la nostalgia le punza: «Aquí estoy / viejo paraguas de Güibia / solo la noche / su silencio y tú / y las luciérnagas / de siempre / envolviendo sobre mi cabeza / tus cintas moradas, rosadas y amarillas…». La pérdida de este espacio vital de la ciudad es también para el poeta una pérdida de los recuerdos construidos «bajo el ir y venir de tus olas».

A partir del Poema 10, que aparenta ser un poema de amor erótico («Te veo frente al mar / con tus cabellos al viento, contemplar / el juego de los alcatraces / en busca de su “pez de cada día”»), es un poema sobre la Guerra, nombre con que esa generación poética llama a la Revolución de Abril, y que aparece aquí como esa sombra que convirtió a la ciudad de Santo Domingo «en aquellas dos ciudades absurdas» divididas por alambradas: «La “Ciudad Buena”, / la de Imbert Barreras, la de San Isidro / bajo las alas protectoras del Águila del Norte […] la “Ciudad Mala”, / integrada por los viejos amigos / de la adolescencia y la juventud».

«La ciudad de amigos / innecesariamente muertos…» escribe Añez Bergés con un tono de desilusión con el que también se pregunta: «¿De qué nos sirve pasear junto al mar / saboreando el salitre en nuestros labios / ¿De recoger cundeamor en los farallones / intentando jugar a niños? / ¿De qué nos sirve sentarnos en el viejo parque / para alimentar las palomas? / Tenemos el espectro de la Guerra / en cada rincón de la ciudad».

En esta estación final de La ciudad en nosotros está presente ese «viento frío que acerca su hocico suave/a las paredes, /que toca la nariz, que entra en nosotros/y sigue lentamente por la calle, /por toda la ciudad…», sobre el que había escrito René del Risco unos años antes, y que aquí se representa desde la interrogación, desde la angustia de saber la inutilidad de la lucha: «¿Para qué sirvió esta guerra, / si ya no podemos mirarnos a los ojos / como antes?». Esta es la realidad que dejó la Guerra: una ciudad que se abre silenciosa a la rutina del día por el que hombres y mujeres cansados van y vienen; y he aquí un elemento importante que el poeta, la voz poética, hace una diferenciación entre esos «hombres y mujeres cansados / que transitarán por ella / en el diario vivir» para hablar de un nosotros que quizás se refiera a quienes pelearon activamente en la Guerra: «Y en medio de ellos / nosotros, / desesperadamente solos. / Terriblemente angustiados / burlados, timados, / perdidos en la multitud de una ciudad / que nos fue robada».

Me detengo en estos versos: nótese la impotencia implícita de haber perdido a la ciudad aunque se viva en ella. Aunque se allá tenido una victoria, pírrica para muchos, en fin, un cumulo de sentimientos fruto de una guerra ganada que se perdió.

En el Poema 12 se canta una especie de oda a las palomas, testigos de la guerra y del amor, que pueblan los parques de Santo Domingo: «Las palomas de mi ciudad / no son como las / de Plaza San Marcos / o Central Park. / Son diferentes, / saben del grito, la pólvora / y la sangre / y en su plumaje / llevan un poco de la Guerra / porque la Guerra sitió los parques/ los convirtió en trincheras».

El Poema 13 es una especie de declaración de derrota: «La ciudad ya no es la misma / tú y yo, amiga mía, / tampoco somos los mismos; / ahora somos apátridas, / escapando cada vez más lejos / de esta ciudad robada».

«La sangre de los amigos asesinados / empaña nuestra mirada», dos versos que podrían, de alguna manera, resumir todo el dolor que yace en estas páginas, toda la perdida de amigos que dieron su vida por la patria.

El Poema 15, que cierra estas dos estaciones que cantan a una ciudad habitada desde el amor y el odio, destila esa nostalgia de lo perdido: «Abril fue inclemente, despiadado con sus hombres», dice el poeta.

Me detengo en unos versos en los que se rinde homenaje al poeta combatiente, y mártir, Jacques Viau Renaud: «Calló Jack Viaux Renaud (sic) / el día más aciago de la Guerra. / Calló el gorrión, dulce gorrión / de Isla dividida».

A pesar del ensombrecido panorama de posguerra el poeta, en su canto, vislumbra la esperanza de un día mejor: «Algún día volverán las maripositas amarillas, diminutas, / con su risueña inocencia / a aletear sobre las tumbas blancas y tranquilas / de los cementerios de la ciudad».

«Destellos del mañana / y de aquel Abril en la memoria… / Bajo este almendro de la infancia, / bajo esta tibia placidez / del viejo parque. […] El mar queda detrás / en este anochecer… / Y la ciudad de nosotros / que se funde / y que también se pierde junto a él».

Sin duda, Añez Bergés edifica sobre estas dos estaciones una canción de amor a la ciudad perdida, mancillada, pero que a pesar de las derrotas cotidianas sigue atada a nosotros, sigue estando en nosotros, palpitante y viva, aunque se odie o se ame. A pesar de sí misma.

En Las De Kianny:  Feedback Loop De Nelly Rosario

En Las De Kianny:  Feedback Loop De Nelly Rosario

Menstruación, una pintura de Cecilia Vicuña robada en la década de los 70  y envolturas creadoras de sangre coinciden en el cuento corto Feedback Loop, escrito por la dominicana Nelly Rosario.

El cuento se encuentra en la antología The Fiction Issues, editado por Aster(Ix) Jornal.). Kianny Antigua hizo la traducción a español y le dio su voz en esta publicación.

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Nelly Rosario
Mirar la ciudad derrotada desde un balcón

Mirar la ciudad derrotada desde un balcón

Desde el balcón, el hombre mira a la ciudad como quien ve por primera vez algo nuevo, aunque muy dentro de él sabe que esa ciudad le pertenece y así mismo él pertenece a ella. Quizás el saxo de Coltrane serpenteé sobre la tarde y el humo del cigarrillo se disipe entre nostalgias.

Desde ese balcón ve el río y los vestigios coloniales de una ciudad que tuvo mejor pasado que presente y en cuyos muros aún resuenan los ecos de una guerra ganada que se perdió. René del Risco Bermúdez (San Pedro de Macorís, 1937)  fue una víctima más de esa guerra. Lo más curioso de todo es que no murió en ella, pero las pérdidas y desilusiones a las que se enfrentó eran tan graves como la muerte: aceptar la derrota y conformarse. René es el poeta que «muere de muerte ajena».

Y desde esa muerte ajena escribe El viento frío (Santo Domingo: 1967) que es, sin duda, un libro icónico de la Generación de Posguerra. Y lo es porque asume como temática central la derrota sufrida por el pueblo dominicano en la Revolución de Abril. Pero, más que una derrota bélica la guerra fue una derrota de los afectos: la caída de los compañeros de lucha, jovencísimos casi todos, se clava en la vida de los sobrevivientes en una mescolanza de culpa y tristeza. Y también se yergue como un fantasma sobre la ciudad. Y es la ciudad precisamente el objeto/sujeto de estos poemas: esa ciudad en ruinas, vacía sin los amigos, golpeada por una guerra, aparentemente, inútil.

En palabras de Juan José Ayuso, El viento frío «es viento de derrota y desilusión, es viento de enterrar sueños, es aire frío que sopla de noche en la tumba sin luz donde reposan las derrotas de los hombres…»

Entrevistado en 1970 por Carlos Francisco Elías, al ser cuestionado sobre si El viento frío refleja su frustración ante el fracaso de la Revolución de Abril, René responde lo siguiente:

«Yo no diría que mi frustración, sino más bien la frustración de una heroica ilusión que inflamos, como inflan los niños esas pompas de jabón con un tallito de lechosa, sólo que nosotros, casi todos los que vivimos y, en una u otra forma, protagonizamos aquellos acontecimientos, inflamos esa ilusión no con simple aliento, sino con sangre y sacrificios y desmedido amor. Pero, a fin de cuentas, resultó una ilusión, y las ilusiones casi siempre se desvanecen lo mismo que las pompas de jabón en el viento».

El viento frío se convierte en objeto de culto, a pesar de ser un libro incomprendido en su época y tachado de ser una expresión de la frustración pequeño burguesa, que desde el primer poema, que da título a la colección, nos muestra como el vencido se ve obligado a conformarse, a aceptar la derrota, ese «viento frío que acerca su hocico suave/a las paredes, /que toca la nariz, que entra en nosotros/y sigue lentamente por la calle, /por toda la ciudad…».

Pedro Conde Sturla, en Memorias del viento frío,  dice: «Nótese de inmediato que El viento frío es un libro de atmósfera. Atmósfera más bien enrarecida a pesar de la brillantez del paisaje. Atmósfera de un agobio –frustrante, traumática, depresiva. Atmósfera de una derrota que no dejó de ser gloriosa. Atmósfera donde el amor y el desamor se conjugan permanentemente con el hastío, la soledad, la tristeza y la muerte».  Un poemario obsesivo que vuelve, una y otra vez, a la ciudad y a la muerte, dos temas recurrentes en los textos de René –se hace una referencia a la muerte desde el epígrafe, tomado de un poema de José Ángel Valente, que precede al libro: «Aquí y cada día/y cada hora y/cada segundo me he negado a morir./Aquí odio la vida, sin embargo».  Y en la dedicatoria, ciudad y muerte se unen: «te llamas Vicky, Luisa, Aura, Rosa y no importa… ¡A ti, porque en esta ciudad mueres conmigo, me acompañas, y no haces más que repetirte, en mis palabras!»– y que son motivo porque son dos elementos indisolubles para comprender ese aire de resaca que dejó la guerra en el espíritu de esos hombres que por siempre han sentido ese hálito de viento frío, de derrota, respirar sobre sus días. 

Vencer

La avenida es una especie de páramo que atraviesa terrenos con vocación para la inversión inmobiliaria. Entre un residencial de apartamentos y otro, la parada. Las únicas señas de que allí para un autobús es una equis roja en la acera, casi arropada por la maleza, y letrero azul intenso y brillante, en la parte superior de un tubo de acero colocado frentre a la equis roja, con la silueta y el nombre de lo que las tres esperamos desde hace treinta minutos.

Temperatura 38 grados celsius. Con mi paraguas abierto invito a mis dos compañeras ocasionales de espera a protegerse bajo ella.

  • Esta omsa cada día dura más en pasar
  • ¡Ay, sí! Y con este solazo.
  • Yo porque no puedo gastar mucho en pasaje, con lo que gano trabajando ahí, en ese edificio. Menos mal que ya me dijeron que se van a mudar, porque el transporte aquí es una lucha.

Los vehículos pasan a alta velocidad. Vemos cruzar a varios, sorteando su agilidad ante la rapidez de los carros y camiones.

Se acerca una motocicleta. Las tres, a la par y casi en coordinación, nos hacemos hacia atrás. Muevo la cartera que cuelga sobre mi hombro derecho hacía mi espalda.

  • Por aquí atracan mucho. Hay que tener cuidado.
  • Bueno, les gusta atracar más tarde, pero como quiera hay que cuidarse.
  • Trato de estar media alejada de la calle, por si intentan… me tiro en esos matorrales.

Una de ellas voltea a ver los matorrales.

  • ¡Pero tú estás loca! Te tiras por ahí y te alcanzan, y te hacen de todo sin que nadie se de cuenta. ¡Ay, no! Mejor me tiro a correr por lo claro.
  • Yo me fajo con ellos.
  • ¿Y si están armados?

Vemos la silueta de algo que parece un autobús acercándose. Pero no, no es el verde característico de las omsas (como casi todo, los autobuses de la Oficina Metropolitana de Transporte terminaron llamándose como el acróstico que nombra el organismo que las administra).

  • No tiene un horario fijo para pasar. Lo hacen cuando les da la gana. Y no hay otro transporte por aquí. Es una vaina.
  • Yo espero que aquí pongan rutas pronto. Ya que empezaron a construir por aquí. O será que ellos creen que todo el mundo tiene un carro por aquí. Los otros días pasé un susto. Un sonata se para allí y el tipo me empieza a pitar, yo cruzando. Pensaba que era el carro de mi compadre. Menos mal que le mire la cara bien, di pa trá de una vez. Y el tipo voceando que me iba a dar dizque un dulce. ¡Estos atracadores inventan! Me le acerco y me lleva por ahí y me hace de tó.
  • Hay que tener cuidado, sí.

Volvemos a mirar, casi a la vez, al horizonte a nuestra izquierda esperando que entre la onda de calor, esa ilusión de agua flotando mientras te corren las gotas de sudor por la espalda, aparezca aquella silueta verde manzana.

  • Miren, para evitar los atracos es mejor salir corriendo pidiendo ayuda que hacerle frente a los ladrones.
  • Yo mejor le suelto la cartera, porque  total… si te agarran te arrastran, y si están armados puede pasar lo peor. Total… las mujeres somos la presa favorita de esos azarosos.
  • ¡Ahí viene la omsa!

Las tres nos apuramos a la puerta. Ya dentro, agarradas de los tubos y las correas, nos miramos como tres cómplices que acabamos de vencer a la mala suerte.

EL RUIDO DE TU MIRADA

Rio Sena

El río Sena se ha tragado mucha poesía pero escasa como la de Celan. Segmentar la obra del rumano es como llover sobre los dedos dudosos de Glenn Gould interpretando una variación de Webern. En este capítulo de la vida sobre el desglose de la imperforable obra del poeta en caso nos veremos con los ojos.

Tanto Gadamer como cualquier biografía de youtube o anonimato de wikipedia afinan el hecho de que Celan en su obra al acercarse a su nicho de agua apremia el silencio, el tacet, o a una suerte de staccato en el uso de los versos y las palabras. Esta perforación formal no deja de ser un graneamiento. Ese cálculo del estilo a viso de Hegel no deja que el graneamiento sea su opuesto nada más, si no, que se vuelve la validación de su sensatez como graneamiento. Esta perforación formal no es diferente a los demás sentidos, en el sonido (que es un engrane unívoco en toda poesía), tanto como en el tacto de nuestros aparatos oculares. 

De ojo en ojo pasa la nube, como Sodoma hacia Babel:

como fronda destroza la torre y brama cn redor del zarzal de azufre.

Aquí, en el principio de su haber publicado, el poema Marianne nos muestra un Celan utilizando la palabra «ojo» con su semántica más inmediata. Como divisador y detallador de hechos factuales. Infaustos pero factuales. 

En el estudio musicológico «Ojos hablados hacia la ceguera» la música Beaty Perrey analiza una obra de Gyorgy Kurtag sobre un poema de Celan. «El servicio al sin sentido, el ruido y el silencio son característicos de los post segunda Guerra Mundial». No es indiferente este rasgo dentro de las artes. Adorno dijo que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Lo que eleganta mucho los tartamudeos de bombas, el serpenteo de fosas, la claridad de humos que van a ser la tinta del altísimo. 

Volviendo a Gadamer, este en su análisis a “Cristal de aliento” dice que si bien un poeta puede decirnos de qué va el poema, no deja de ser, y cito la frase: una ayuda peligrosa. Aunque la irrupción de mi voz en la de las formas del hermes de Gadamer son dispares, no llamamos a pérdida que puede subyacer alguna verdad viciada, o viciante en el contar-: “de que va la obra o de que no”. Todas las herramientas de la forja de Hefesto nos impelen a beber de la negra leche del alba de Celan. 

Hefesto

Ahora, para verdades los devotos, mi labor es la ciega. Los hechos, que están hechos de guadañas, nos declaran como un poema como este:

OÍ DECIR

Oí decir que hay

en el agua una piedra y un círculo

y sobre el agua una palabra

que en torno a la piedra el círculo tiende.

Vi mi chopo descender al agua,

vi cómo su brazo garfeaba hacia el fondo,

vi sus raíces hacia el cielo implorar noche.

No lo seguí a prisa,

recogí solamente del suelo aquella migaja

que tiene de tus ojos forma y nobleza,

te quité la cadena de adagios del cuello

y orlé con ella la mesa, con la migaja entonces.

Y ya no vi mi chopo.

Este poema, aunque no de sus últimos, de Rosa de Nadie, se vale de la sensibilidad del oír y del ver. Lo arcanamente firme como una piedra (elemento vasto y constante en su odre) con elementos tan fugaces como el círculo o la palabra. La falta desdeñosa de ánima en «No lo seguí a prisa», y la humildad descalabrada en recoger a penas una migaja que tiene de sus ojos la parte física «forma» y la heráldica abstracción europea «nobleza». Entonces el poema deviene en una crueldad elegante. Decorar una mesa con el tesoro que cuidaba una muerte y la labor del álamo se perdió de su contemplación. Un solo poema que guarda enormes conjeturas naturales. Que se busca en el agua. Con piedra y círculo, con religión tal vez, porque la palabra estaba sobre ella. Y las raíces del álamo, inverso viaje hacía el vértigo de la noche. 

«Lo barbárico, después de Auschwitz, sería abandonarse a la cadencia eufónica de las palabras, a la autorreferencialidad del discurso poético, a la proliferación del lenguaje como mero significante», dice Ricardo Ibarlucía. Cuando ya el ruido es una norma, las vanguardias toman mejor sentido de la cuenta. La subversión de la tersura. Ergo, se granularían las atenuantes voces, párvulas e intrépidas de la repetición del candor. 

Levinas lo pone de otros modos pero con igual tino, según él, Celán dijo que no veía diferencia entre un poema y una trompada. La trompada siendo un cielo sublime que va rodando y cayendo por la desgracia de la carne en un enjutamiento de la ira contra el espacio. En otro acápite Levinas sigue, «¿No sugiere él más bien una modalidad distinta de aquellas que se alojan entre los límites del ser y del no-ser? ¿No sugiere acaso la poesía misma como una modalidad inaudita de otro modo que ser?». Dándole un pelo de gracia griega para entender el nouménico deber de la poesía y en la cosa en sí que es al planear sobre la obra de la poesía. Y la creación. El exterminio de la ceniza nos puso a pensar. Los traumas germanos, y tan nuestros. Qué son nuestros ojos más que pesadillas en alemán? Garraspermas inentadas que se acuestan más allá del Yo y el Otro. 

¿Y soportas tú, madre, como antaño en casa,

ay, la rima, suave, dolorosa, alemana?

La misión última se intuye y se lee por casi todos lados, es la destrucción del lenguaje, aquel heraldo que nos asumió en el drama. 

escribe el infinito doble

lazo a través de los

llameantes

ojos-cero,

 Este fragmento del poema La Música Hendida del Pensamiento como engarce a la idea de hacer arena la semántica del ojo, mediante la imagen, el signo se atropella voltado a cifra. Ya minando el hospedaje. La salvaje forma en que lo eterno está en la mirada, el lazo moebius, los guarismos. 

ST

Un paVo real-mente

hace, mps,

SieTe ruedas:

o

oo

ooo

O(h) 

Por último,, en  ST (hermoso nombre para un poema) el cántaro se caligrama, se huidobra, y afila los pormenores de la sustancia hacía el mero sonido. Con un pavo real como protagonista. Mil ojos de la india mirándonos y cómo se aperpleja al final la cola del poema. Con círculos, infinitos, huecos de nichos de guerra. Con una vocal abierta que bien podría ser. Un Ojo.

Ricardo Cabrera

Ricardo Cabrera

Santo Domingo, República Dominicana, 1983. Poeta y escritor. Licenciado en Letras por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maestría en Planificación y Gestión Educativa (UCSD). Ha sido corrector de estilo, editor, asistente bibliotecario, traductor, docente, creativo.  Miembro fundador del Taller de Narradores de Santo Domingo; cofundador de la revista RL de estudiantes de letras.  Fundador del Círculo Literario Ropa Sucia. Ha publicado: ¡Siéntese pintura fresca! colección de poemas, incluido en Esto no es una antología: Palabras que sangran de El Arañazo Colectivo Literario (antología, Ediciones Ferilibro, Santo Domingo, 2012); Viñetas Ojepse (poemas, e-book, Luna Insomne Editores, 2013).  Sus textos aparecen en antologías nacionales e internacionales tales como: 4m3r1c4 Novísima poesía latinoamericana (Ventana Abierta Editores, Santiago de Chile, 2010). Hacia Yukahú, (poemas, The Zompopos Project, 2017). Oro Mustio (poemas, Amargord  ediciones, Madrid, 2018). Su producción literaria ha sido reconocida con los siguientes premios: Primer Lugar, Concurso de Literatura Deportiva Profesor Juan Bosch; Premio Nacional Estudiantil de Ensayo, Ministerio de Deportes, Educación Física y Recreación, 2009; y, Primer Lugar (poesía), Certamen Nacional para Talleristas del Sistema Nacional de Talleres Literarios, 2011. Primer Lugar en el III Premio Nacional de Poesía Joven de la Fundación Cultural Lado B. 2018.

Oyendo música a vuela pluma

Villa Juana

Una columna me ha pedido Belié (Beltrán), una columna donde quiere que exprese mis comentarios sobre la música que estoy oyendo y que he oído. Pues esta es la primera. Pero antes de empezar esta conversación tenemos que tener claro algunas cosas. No toco ni las puertas. Carezco totalmente de oído musical para cantar aunque me defiendo bailando merengue y salsa, por tanto lo que oiremos aquí será puramente desde el punto de vista del oyente. Un oyente que discrimina muy poco, acercándose a la melomanía omnívora. Podríamos parafrasear al personaje famoso de Cuquín Victoria: “predisione atrolójicas y horócopo pelsonale para loj nacidoj entre Silvio Rodríguez y Iron Maiden”. 

La música ha estado en mi vida desde que tengo uso de razón. Crecí en Villa Juana, un barrio que como todo el Caribe, suena (Luis Rafael Sánchez dixit) y los sonidos que me acompañaron iban desde la “música de amarge” de José Manuel Calderón a Bob Marley, pasando por The Platters, Elvis y Monk (mi madre), soca, calypso y “música haitiana” (la vecina muy decente y respetable que ejercía sus artes en “las islas” y criaba dos hijas sola), los Matamoros, los Compadres y “Cien canciones y un millón de recuerdos” (mi padre). 

Pero mi gran pasión, especialmente desde que me mudé a Canadá hace ya veinte años, es el jazz y principalmente el de la segunda mitad del siglo veinte. Si usted me sigue en Twitter sabrá que mantengo los hashtags #Músicadelamañana #Músicadelatarde y #Músicadelanoche, porque no dejo de escuchar música excepto cuando duermo (y no siempre) y habrá notado la preponderancia de Thelonious Monk. Pues bien, la culpable es mi madre, que me dijo hace mucho que Monk era cool. Y aquí los dejo con uno de los primeros discos de Monk que recuerdo, “Ruby, My Dear” de Thelonious Monk’s Greatest Hits de 1963 

Thelonious Monk: Greatest Hits

Hasta la próxima.

Arturo Victoriano

Arturo Victoriano:

Crítico literario y profesor universitario. Es autor de Rayanos y Dominicanyorks: la dominicanidad del siglo XXI (Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2014). Reside en Vancouver y enseña lengua española y literatura caribeña en la Universidad de la Columbia Británica.

Inventariar lo perdido

Fachada

Construir, a partir de un lenguaje de un profundo lirismo, el escenario para la puesta en escena de una historia de amor y desamor, y no solo la que protagoniza la voz poética y el sujeto al que se le canta, sino también la que protagonizan la ciudad y la poeta, quien la recorre melancólica inventariando cada esquina, cada banco, cada calle, cada lugar en que se escribió el amor, y el adiós, eso hace Daniela Cruz Gil (Santiago de los Caballeros, 1983) en La ciudad no será nuestra (Santo Domingo: Editorial Funglode, 2018),

Cruz Gil con este libro sigue con la obsesión citadina que marcó la producción poética dominicana, de posguerra principalmente, y se entronca con esta tradición desde la invocación, en el epígrafe, a René del Risco Bermúdez de quien cita los siguientes versos: «Si salimos ahora, / nos iremos a un parque a recordar…». Y desde ahí se nombra uno de los escenarios que se repiten a todo lo largo de este libro y que es una presencia constante en El viento frío, libro del que se desprenden los versos citados. 

En el poema que abre el libro, y que lleva por título «El pie izquierdo», el cual transcribo en su totalidad, la poeta nos sitúa en ese estado de nostalgia y de soledad presente en esa «ciudad extraña»: 

«La culpa exacta antes de abril / este dolor necesario / antes de que me roben el tiempo / después levantaré el pie izquierdo / y martillaré la pena / de las que se ahogan en tinta azul / caigo de golpe en una ciudad extraña / sedienta de colores que no le pertenecen /
de voces / de muerte a pedazos / una ciudad tan grande / tan larga como el amor por teléfono». 

A partir de ahí se comienza a contar, a nombrar momentos, lugares, recuerdos, objetos mediante los cuales se articula, se arma una historia. Así transitan por las páginas besos, rosas, fotos, madrugadas, arenas testigos del amor. Para decir, para contarnos. Comienza a cubrirnos esa saudade, ese sentimiento de extrañamiento, de melancolía, que transita por cada poema del libro, y que ocurre cuando uno se separa de alguien amado y siente la necesidad de volver a verlo y que el escritor portugués Manuel de Melo definía como «un bien que se padece y un mal que se disfruta». Una tristeza feliz.

Daniela Cruz

Daniela convoca a la poeta Sally Rodríguez a quien consulta, a partir de uno de sus versos: «Caer es hermoso y pleno». Y Daniela dice: 

«Quizás baste media carretera / para borrar la memoria / para hundirse en el miedo que mamá tenía / para caer pleno, Sally / o levantarme de entre los vivos / y sacudirme la carcoma humana…»

Según avanza la lectura seguimos siendo testigo de esa añoranza que roza la piel de la poeta, que la desgarra mientras camina, quizás por la calle San Luis, «hacia la soledad de un parque que ya no es el parque» en una ciudad en la que no hay árboles, ni besos, ni caricias. 

En «Penumbra», se alcanza un tono de evocación en que lo erótico, lo carnal es, de alguna manera, ensombrecido por el inventario atristado de lo vivido, de lo perdido: 

«Damos de comer a las palomas / alojadas en la lengua / medimos la longitud que escupe nuestra voz […] / […] somos sombras de nombres / quedarán números / música diluyendo memorias saladas del cuerpo / y esta calle no recuerda ningún paso desandado / como se niega el amor cuando duele».

Así sigue inventariándose lo que quedó trunco, lo que habita tan solo en la piel y la memoria: paseos bajo la lluvia, bancos de parque abandonados. Y también lo que se lleva el amante que parte:

«te llevas cada calle que nombré con rabia / la alegría publica de ignorar el mañana…»

Avanza este viacrucis nostálgico compuesto por treinta y tres estaciones y llegamos al poema titulado «Postal de la impaciencia» que, a mi parecer, resume la saudade que recorre como un temblor estos poemas: 

«No pudimos esperar la primavera / el invierno se llevó nuestras lagrimas / abandonadas en el parque con flores amarillas / creímos ver luz / en los charcos del barrio / el tren nos llegó a tiempo / pero habíamos iniciado / el camino a la desgracia».

Este libro, sin dudas inaugura, un decir nuevo, funda una ciudad en la que un viento frío, pero un viento impregnado de angustia, de ausencia, de parques abandonados, de despedidas, de olvidos; Daniela invoca al ausente y en sus versos vuelve a asir ese territorio escondido en el corazón y la memoria. 

Luis Reynaldo Pérez

Luis Reynaldo Pérez es un poeta, editor y gestor cultural dominicano, nacido, el 10 de diciembre de 1980. Entre sus libros se encuentran: Inventario de sangre (Madrid: Amargord Editores, 2020), Ciudad que alucino (Madrid: Amargord Ediciones, 2016. También ha sido reconocido en múltiples ocaciones, algunas de ellas siendo: Primer Premio del XVIII Concurso Nacional de Literatura Alianza Cibaeña, categoría poesía con Sombras del sueño (2019); Segundo Premio del XVIII Concurso Nacional de Literatura Alianza Cibaeña, categoría cuento con Tiburón (2019)

¿Qué ganamos recomendando un libro?

¿Qué ganamos recomendando un libro?

Mitri Jiménez

Cada vez que escucho que una persona leyó un libro, inmediatamente la imagino golpeando una pared hasta hacerla caer y frente a ella, entre los escombros, se erige una nueva escalera. Leer es justo eso: derribas constantemente las limitaciones que produce la ignorancia y escalas hacia otros niveles de conocimiento y de comprensión de la realidad. 

Esta es la razón por la que burlarse de una persona por los libros que lee, solo demuestra una cosa: nuestras carencias. La lectura es un ejercicio en solitario y las decisiones que se tomen al respecto son muy personales. Por eso, cuando uno recomienda libros, debe cruzar los dedos para que la otra persona -según sus intereses- decida leerlos. Si lo hace… y queda atrapada en su lectura, ¿qué habremos ganado recomendando un libro? 

1. Un nuevo lector o una nueva lectora. 

2. Alguien con quien compartir tu amor u odio por lo leído. 

3. Una persona que te recomiende libros o mejor aún… que te los preste o te los regale. 

4. Una persona con quien puedes argumentar cuando conversen (nadie dice que no será de manera apasionada). 

5. Compañía para asistir a recitales, conferencias literarias, puesta en circulación de libros o a la Feria Internacional del Libro. 

6. Una cita recurrente, con café, té o chocolate incluido, en una librería. 7. Un miembro para tu club de libros o bookclub (pa’ que suene gringo). 8. Un(a) aspirante a escritor(a). 

9. Un(a) futuro(a) booktuber, bookstagramer o embajador de la lectura. 10. Un amante de la buena ortografía. 

11.Un nuevo hogar con biblioteca personal.

12. Un nuevo abanderado de la frase: “Vi la película pero me gustó más el libro”. 

13. Un agradecimiento por ayudar a derribar la pared y acceder a nuevas experiencias. 

14. Una nueva lista de libros leídos, olvidada cercano o posterior al número 100. 15. Unas felicitaciones adelantadas por ganar la guerra de Farenheit 451, del escritor Ray Bradbury.

Mirar un archipiélago de papel

Mirar un archipiélago de papel

Caminando por las calles de Chile, se nota a leguas que Johan Mijail (Santo Domingo, 1990) es un desubicado y ese desubique se nota en ese acento machucado y descuidado del dominicano y en esa negritud en su piel y su pelo. Pero también es un desubicado en Santo Domingo, donde algunas expresiones chilenas coladas en su hablar y la irreverencia con que exhibe sus teorías feministas y sobre el amor vegetal escandalizan a la sociedad pacata que habita en esta jaula rodeada de agua que es la ínsula.   

En Pordioseros del Caribe (Santiago de Chile: Editorial Desbordes, 2014), un libro que, aunque fue escrito y publicado en Santiago de Chile, está ambientado en Santo Domingo y escrito en jerga dominicana, se construye una mirada irónica sobre la insularidad, esa «maldita circunstancia del agua por todas partes», como la describió el poeta cubano Virgilio Piñera, que convierte al pequeño animal de patas irregulares que es la isla de Santo Domingo en un aislamiento que sobrepasa lo geográfico y se traduce en una actitud de querer desesperadamente mirar más allá del agua, de salir de esta jaula de palma y mamajuana, de respirar fuera de esta fortaleza de jodedores y chapiadoras. Aunque afuera de la isla lo único en lo que se piense sea en volver a pisar sus calles sembradas de romo y sudor. 

En un brevísimo texto que precede a los poemas y que funciona como una suerte de epígrafe, el poeta declara lo que significa llevar al Caribe en su espalda:

«El agua de este archipiélago de papel pesa / y a veces muchísimo». 

En «Me declaro ser isla», texto que abre el libro, se afirma esta maldición de la insularidad: 

«La isla se sigue hundiendo en medio de las olas que vienen por todos lados; — usted se salva si trae oro escondido en la cartera, usted se salva solo si habla inglés y paga con dólares en este Nueva York chiquito, usted se salva si tiene las rodillas blanquitas, usted se salva si quiere salvarse y por eso lee la biblia, usted está salvo en este espejo de país de la mierda, en este Caribe que se ahoga en las palmeras y los motoconchos, ¿y qué?».

Más adelante, en «Pordioseros del Caribe», Castillo define de una forma visceralmente cruda, el significado de esa insularidad: 

«La insularidad es una condición geográfica; el insularismo es una ideología y una yola es un medio de transporte donde terminamos, casi siempre, muriendo». 

Pordioseros del Caribe es un libro sui géneris, multigenérico, que salta de la poesía al testimonio, de la crónica urbana a la narrativa, más, sin embargo, se ha logrado la consecución de una poética cotidiana que marca cada uno de estos textos.  De alguna forma, el hecho de que sea un libro «inclasificable» y que genere una tensión entre géneros hace que Pordioseros del Caribe sea, más que un poemario o una colección de cuentos, una compilación de apuntes, recuerdos, bocetos y miradas sobre el vaivén de ciudades, personajes y sucesos históricos. 

La ciudad, más que morada o escenario, es un personaje principal en estas páginas y desde aquí Johan abre una rendija por la que vemos la metamorfosis que va experimentado Ciudad Trujillo hasta convertirse en Nueva York Chiquito. Y, como una película que muestra nuestra historia desmemoriada, van pasando frente a nosotros: la bolita del mundo, el estadio Quisqueya, la Plaza de la Bandera, los Obeliscos, el parque Ramfís, los túneles y elevados, el metro… En fin, vemos cómo la ciudad de Santo Domingo se fue convirtiendo en una metrópolis del siglo xxi y de cómo sus calles se fueron llenando de yipetas, de deliverys, de vendedores en los semáforos que te venden desde un chicle hasta un cachorrito de perro o una iguana.

Nos acercamos así a una isla que es muchas islas, construida sobre una red de nombres, sangre, sudor, escupitajos. Haciendo uso de elementos como el humor, la cultura popular y una revalorización del lenguaje coloquial, Johan Mijaíl construye una poética cotidiana, marcada por lo autorreferencial y dialogando con la cultura popular dominicana, con la negritud y con las influencias literarias que ha recibido el autor. Y así, aparecen referencias claras a Rita Indiana y su visión onírica del macho caribeño; a Frank Báez y su «Marilyn Monroe de Santo Domingo»; una visión política y feminista del hecho poético; los merengues de Kinito Méndez, Los Hermanos Rosario, Johnny Ventura; los peloteros, las megadivas, cierto aire del neobarroco y Junot Díaz, presente desde el epígrafe.  Pordioseros del Caribe, es sin duda un documento que busca adentrarse en el significado de lo insular y de la errancia con la que cargamos por ese deseo casi enfermizo de subirnos en la yola y escapar del encierro, aunque luego queramos escarbar en la memoria y el viento hasta saber «el peso de la isla», aquella que abandonamos un día.

Luis Reynaldo Pérez

Luis Reynaldo Pérez es un poeta, editor y gestor cultural dominicano, nacido, el 10 de diciembre de 1980. Entre sus libros se encuentran: Inventario de sangre (Madrid: Amargord Editores, 2020), Ciudad que alucino (Madrid: Amargord Ediciones, 2016. También ha sido reconocido en múltiples ocaciones, algunas de ellas siendo: Primer Premio del XVIII Concurso Nacional de Literatura Alianza Cibaeña, categoría poesía con Sombras del sueño (2019); Segundo Premio del XVIII Concurso Nacional de Literatura Alianza Cibaeña, categoría cuento con Tiburón (2019)

Johan Mijail

Johan Mijail (Santo Domingo, República Dominicana, 1990) Escritor y performer. Estudió Periodismo. En 2011 publica el libro de poesía ilustrada “Metaficción” y participa en la película Sister del Colectivo Lewis Forever en la ciudad de Berlín, Alemania. En 2014 publica “Pordioseros del Caribe” y en 2016 junto Jorge Díaz del Colectivo Universitario de Disidencia Sexual (CUDS) “Inflamadas de retórica. Escrituras promiscuas para una tecno-decolonialidad”, ambos por Editorial Desbordes. Ha participado en festivales de performance en Estados Unidos, Chile, Costa Rica, República Dominicana y Alemania, con un trabajo escritural y visual que invita a un imaginario transfeminista y decolonial.

En Las de Kianny: Una corona de flores para coser heridas con Ana Castillo Muñoz

“Cuando yo sueño con bodas sé que alguien se va a morir”, dijo Ana alguna vez. Agregó que “Es como una preparación para un próximo duelo”.

La puertorriqueña de padres dominicanos convirtió en palabras el duelo por la muerte de su padre. La corona de flores como símbolo de las “historias de familia” de las que habla Kianny en la introducción a uno de los poemas de este libro.

Ana Castillo Muñoz publicó Corona De Flores, luego de retrasar su salida a causa de la pandemia. Es periodista, divulgadora de educación sexual con enfoque de género y de desmonte de estereotipos racistas.

Como de costumbre, la escritora dominicana, Kianny Antigua, comparte una lectura visceral. Este libro, de acuerdo a la misma Ana, permite coser viejas heridas. 

Ana Castillo

Es periodista, escritora. Pero también es la creadora de Con el verbo en la piel, un proyecto de sexualidad femenina, empoderamiento y liberación sexual, encuéntralo en:

https://www.instagram.com/verboypiel/?hl=en

Kianny Antigua

Sobre Kianny Antigua 

Es narradora,  contestataria y docente. Ha publicado los libros Bestezuelas y El tragaluz del sótano, entre otros. También ha ganado cada premio posible, dentro y fuera de la República Dominicana. 

Acá les dejamos su página web para que sigan en contácto con su contenidohttps://www.kiannyantigua.com/

En las de Kianny: Sábado de ranas de Farah Hallal

En esta ocasión, Kianny Antigua  lee un fragmento de la novela infantil Sábado De Ranas, escrita por la gestora, poeta y narradora dominicana, Farah Hallal. La historia transcurre entre el sentido del humor, el candor y la diversión.

Farah es autora de los libros, Ana, Un Adiós Para Mamá, publicado por la editorial SM, Las Gallinas Son Eléctricas, Mi Mariposa Quiere Volar, entre otros. 

Es oriunda de Salcedo, pero reside en España desde hace unos pocos años. En  Santo Domingo coordinó proyectos de gestión cultural y animación a la lectura.

Tiene una estrecha relación con sus dos hijos. Y hace unos años, cuando visitabas su casa, cerca de la  avenida República De Colombia, encontrabas los libros tirados por todos lados, como si  te sacaran los brazos por  la ventanilla de un autobús  que va en excursión  a  la playa.Para leer también su poesía puedes acceder a sus redes sociales @Farahhallal.  Y  si buscas más información sobre ella, eventos, libros o contacto, accede aquí: https://www.farahhallal.com/newpage

Sobre Kianny Antigua 

Es narradora,  contestataria y docente. Ha publicado los libros Bestezuelas y El tragaluz del sótano, entre otros. También ha ganado cada premio posible, dentro y fuera de la República Dominicana. 

Acá les dejamos su página web para que sigan en contácto con su contenido

https://www.kiannyantigua.com/

Muestra Minúscula De Poesía De Benito Del Pliego 

El escritor español, radicado en los Estados Unidos, Benito Del Pliego compartió con nosotros en el podcast de Minúsculas. También tuvo la  cortesía de facilitarnos algunos de sus  poemas.

Benito es autor de los libros Fisiones, Alcance De La Mano, Fábula, Pozos De Lectura, entre otros. También ha publicado  ensayos y trabajos gráficos junto a otros. Asimismo, desarrolla una carrera como traductor de español e inglés. 

A continuación te compartimos una selección realizada por el mismo Benito para Minúsculas.

30.08.07

1.

rocas con agua

Se esfuerza porque nada de lo escrito quede, porque pasen letras como el agua pasa sobre la piedra y pasan y pasan y pasa y moldea. No con cincel, no con lija, no con buril ni cepillo; agua con agua en la que la rama se lava y luego se arrastra hasta el agua y luego se pudre y luego luego. 

2.

concreto rompiendose

Sonidos y golpes, chasqueos, batacazos. 

Revienta o hace reventar, reinventa, se estrella contra la concreta sequedad. A simple vista es piedra, pero amotínase contra quien momifica, lame la cara falaz, su lengua armada ama hasta el derrame. 

Perforadora que deforesta, performática sin más, sinestésica, incapaz de paz.

3.

rio corriendo entre rocas

Abunda líquida, se restriega y aún así, no va a llegar y nunca llega. Allí va, una trasformación tras otra, como la edad. 

Portead, teclead; carácter tras carácter y otra palabra va, afuera. Gotea, mea, chorrito de orina su verbo crea su arrollo, arrollo de letras sobre laderas, arrollo del yo que en nada da, arrullo del agua sobre las piedras.

Mujer desintegrandose

Tuesday july 21st, 2009

La identidad

está en los dientes

Eduardo Milán

Idéntica pregunta: ¿será idéntica a sí la identidad?

La noche aquella de la repulsión y del desquicio, la noche de la arrasada toma de contacto con la dentada edad (la identidad): grieta o Y griega. La cansada extrañeza de lo que ya. Y ya no es la noche aquella sino el estar que se pregunta, otra vez el mismo, otra vez y otra vez él mismo.

Pero basta, basta de esperar que ese otro nos redima.

La misma pregunta, la misma ansiedad (la edad), la misma forma de saltar sobre las zarzas a ver si la sangre engrasa o devuelve el deber. Y uno le roba allí al otro el pan, y allí a uno le cercan, y allí una va y te dice “ven” y allí va, y allí la luz de la ansiedad (la edad). Escribe y quiere escribir, y que alguien conteste, y volver a escribir y escribir el mismo, el mismo despertar, la misma tendencia a detonar.

hombre con traje radioactivo

Helicópteros rocían agua en el reactor 3 y camiones cisterna se preparan para inyectar agua en el 3 y el 4

El Gobierno japonés ha decidido refrigerar por las bravas los reactores de Fukushima. Están perdiendo mucho agua. Las barras de combustible van a quedar al descubierto. Helicópteros rocían con agua de mar. El más peligroso contiene plutonio. Se trata de una auténtica lucha para evitar la fusión de los núcleos. Es demasiado dramático. No hay manera de contener el dramatismo apenas si es posible considerar la situación porque cómo se vive después? Una muerte que recuerdan demasiadas cabezas (al menos dos por persona), demasiados tumores. Llamativos los nombres cada cual a su modo atractivo Fukushima y Chernobyl eso sí no sé dónde el golpe de voz. La radioactividad, Mazinger Z, luego escuché lo del lobby, Mazinger Z y la propulsión. No tenemos ni idea de la profundidad del charco o sí y solo gente que, como yo, no se entera y el mundo es más sencillo (de destruir). Energía eléctrica. Culpa a tu batidora y a mi bombilla. Finalmente pequeños robots están asestando un golpe atómico (no hace falta dirty bomb) en Fukushima Nagasaki, Chernóbyl o Chernobil: su vileza su villanía. Aunque las radiaciones no han desaparecido, la autoridad considera que hay que intervenir. Los helicópteros solo podrán acercarse 40 minutos para evitar la contaminación. Una pantalla protege al soldado (televisión). La autoridad asegura que la primera fase ha funcionado y el agua llegó a la vasija. Pero también las que aparecen rotas en enterramientos dicen que alguien vivió allí, no que sigue allí alguien vivo. ¿Será semejante lo emocional? ¿Se podrá dejar también al descubierto el material radioactivo? ¿Vaciamiento de la piscina hasta que sea irreversible la fusión? ¿Será semejante al modo en que se toma la decisión? ¿Nos exponemos así a la radiacción letal? Fukushima, cherè no-vil, villa qué-herida. 

volcán en erupción

Atenas arde y no es la llama olímpica.

Es la furia que avienta la debacle, Victoria de Samotracia rociada en gasolina.

El papel del fuego en nuestra evolución, incorporación visceral del fuego que reduce, dicen, la necesidad de largos intestinos, y hace posible la digestión, la concentración para leer un libro, trazar caballos, manos y bisontes.

De nuevo la estufa ardiendo, la madera que mantiene el calor, la hoguera que aleja con su bondad al bonzo que se nos quema. Apenas Atenas.

Atenas arde y no es la llama olímpica. ¿Con qué manos, Victoria, apagarás tu fuego?

(de Dietario. 2008-2010, Amargord Ed, 2015)