Desde el balcón, el hombre mira a la ciudad como quien ve por primera vez algo nuevo, aunque muy dentro de él sabe que esa ciudad le pertenece y así mismo él pertenece a ella. Quizás el saxo de Coltrane serpenteé sobre la tarde y el humo del cigarrillo se disipe entre nostalgias.

Desde ese balcón ve el río y los vestigios coloniales de una ciudad que tuvo mejor pasado que presente y en cuyos muros aún resuenan los ecos de una guerra ganada que se perdió. René del Risco Bermúdez (San Pedro de Macorís, 1937)  fue una víctima más de esa guerra. Lo más curioso de todo es que no murió en ella, pero las pérdidas y desilusiones a las que se enfrentó eran tan graves como la muerte: aceptar la derrota y conformarse. René es el poeta que «muere de muerte ajena».

Y desde esa muerte ajena escribe El viento frío (Santo Domingo: 1967) que es, sin duda, un libro icónico de la Generación de Posguerra. Y lo es porque asume como temática central la derrota sufrida por el pueblo dominicano en la Revolución de Abril. Pero, más que una derrota bélica la guerra fue una derrota de los afectos: la caída de los compañeros de lucha, jovencísimos casi todos, se clava en la vida de los sobrevivientes en una mescolanza de culpa y tristeza. Y también se yergue como un fantasma sobre la ciudad. Y es la ciudad precisamente el objeto/sujeto de estos poemas: esa ciudad en ruinas, vacía sin los amigos, golpeada por una guerra, aparentemente, inútil.

En palabras de Juan José Ayuso, El viento frío «es viento de derrota y desilusión, es viento de enterrar sueños, es aire frío que sopla de noche en la tumba sin luz donde reposan las derrotas de los hombres…»

Entrevistado en 1970 por Carlos Francisco Elías, al ser cuestionado sobre si El viento frío refleja su frustración ante el fracaso de la Revolución de Abril, René responde lo siguiente:

«Yo no diría que mi frustración, sino más bien la frustración de una heroica ilusión que inflamos, como inflan los niños esas pompas de jabón con un tallito de lechosa, sólo que nosotros, casi todos los que vivimos y, en una u otra forma, protagonizamos aquellos acontecimientos, inflamos esa ilusión no con simple aliento, sino con sangre y sacrificios y desmedido amor. Pero, a fin de cuentas, resultó una ilusión, y las ilusiones casi siempre se desvanecen lo mismo que las pompas de jabón en el viento».

El viento frío se convierte en objeto de culto, a pesar de ser un libro incomprendido en su época y tachado de ser una expresión de la frustración pequeño burguesa, que desde el primer poema, que da título a la colección, nos muestra como el vencido se ve obligado a conformarse, a aceptar la derrota, ese «viento frío que acerca su hocico suave/a las paredes, /que toca la nariz, que entra en nosotros/y sigue lentamente por la calle, /por toda la ciudad…».

Pedro Conde Sturla, en Memorias del viento frío,  dice: «Nótese de inmediato que El viento frío es un libro de atmósfera. Atmósfera más bien enrarecida a pesar de la brillantez del paisaje. Atmósfera de un agobio –frustrante, traumática, depresiva. Atmósfera de una derrota que no dejó de ser gloriosa. Atmósfera donde el amor y el desamor se conjugan permanentemente con el hastío, la soledad, la tristeza y la muerte».  Un poemario obsesivo que vuelve, una y otra vez, a la ciudad y a la muerte, dos temas recurrentes en los textos de René –se hace una referencia a la muerte desde el epígrafe, tomado de un poema de José Ángel Valente, que precede al libro: «Aquí y cada día/y cada hora y/cada segundo me he negado a morir./Aquí odio la vida, sin embargo».  Y en la dedicatoria, ciudad y muerte se unen: «te llamas Vicky, Luisa, Aura, Rosa y no importa… ¡A ti, porque en esta ciudad mueres conmigo, me acompañas, y no haces más que repetirte, en mis palabras!»– y que son motivo porque son dos elementos indisolubles para comprender ese aire de resaca que dejó la guerra en el espíritu de esos hombres que por siempre han sentido ese hálito de viento frío, de derrota, respirar sobre sus días.