Argénida Romero

Suelo ver documentales. Este último viernes vi dos. El segundo de ellos, la primera temporada de una miniserie. The Puppet Master: Hunting The Ultimate Conman (Quién maneja los hilos: Tras la pista de los mayores impostores). 

No voy a hablar de qué va la miniserie, porque mi mayor atención se quedó en un hombre dentro de la historia, el padre de una de las estafadas. Por diez años, el señor hizo de detective para tratar de salvar a su hija. Con entereza de carácter, con la que sostenía su dolor y desesperación, fue capaz de insistir por el rescate de su hija, víctima de una trampa psicológica. Y su terquedad tuvo sus frutos. Su hija regresó.

Mientras lo veía solo pensaba en el amor que lo movía más allá de los juicios, de la sensación que era un caso perdido, de que su hija, la que había conocido, ya no existía, del miedo, de la herida abierta en su vida. Un padre que ama. 

Me dije, “qué suerte la de esa muchacha”. Una desea y también admira la bella cobija de lo  que no tuvo. Sin embargo, en ese momento pensé en el amor que llega a pedacitos, repartido por la casualidad. Una cobija de retazos. 

El profesor universitario que reconocía el talento, la vocación y retribuía la admiración y el respeto. Los compañeros de trabajo con hijas e hijos de mi edad, que con ese aire de “eres joven, tienes que aprender”, y ese descubrimiento de “también aprendo de ti”, dejaron algo más que cotidianidad laboral en mi memoria. Los que, por azar, oficio y gustos han pasado y se han ido, han tenido una presencia intermitente o han permanecido en los días.

En Conde.

Conde era una pieza de ese puzle de padres putativos. Siempre lo encontraba en la única librería que queda en Santo Domingo. Uno que estaba allí, no en otro lugar, siempre entre los pasillos de los libros. ¿Qué estás leyendo?, era una de sus preguntas habituales. Anécdotas, correcciones y recomendaciones. Luego, la despedida larga en la puerta de salida, siempre con la idea última que no se dejaba acabar. 

No conocí a Conde fuera de los libros, de esos pasillos, del café de esa cafetería rodeada de bonitos cuadros, con un piano que nadie toca a la vista; de esa casualidad de encontrarnos siempre allí y de hablar, y de hablar con otros, y de despedirnos con un hilo que, posiblemente a propósito, no cortábamos para retomarlo en el casual encuentro siguiente.

El retazo de Conde en mi bella cobija me cubre hoy los dedos con los que tecleo en la laptop. Me detengo y lo pienso hojeando libros y creo que un poco de ese padre que espera para dar estaba en él cuando me veía entrar a la librería. Y me digo, ¡qué suerte la de esa muchacha!

Argénida Romero:

Periodista, escritora y correctora. No vivo donde nací, pero soy de ambos lugares. Dieciséis años viviendo de escribir y de corregir lo que otros escriben. He ganado algunos premios, he publicado algunos libros, pero prefiero sobre todo eso el chocolate.

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