Diseño barco pesquero

 Argénida Romero

De niña, y en la adolescencia, buscaba lugares para llorar cuando estaba triste. Las escaleras a las seis de la tarde; la oscuridad bajo las sábanas mientras mi hermana dormía; el cuarto de baño, justo al lado del lavamanos. La propiedad de la tristeza era un bien solitario. Aún, de adulta, lo es la mayoría de las veces en que el peso de algo me desarma.

La primera vez que lloré la tristeza de manera pública, acompañada de mucha gente que también lloraba, fue en una funeraria. Perdimos a alguien que amábamos, y a quien no esperábamos perder. Aprendí a sentir la tristeza como un mar en que sientes que te ahogas y del que sales abrazada de otros que, al igual que tú, también sienten ahogarse.

Con la adultez también aprendí a elegir ante quienes podía llorar sin explicaciones. La lista es corta.

Cuando los blogs se hicieron un “fenómeno mediático”, y muchos decidían exponer sus tristezas sin filtro a través de esos espacios, descubrí que los intentos de poemas y los giros de las metáforas, los sinécdoques y los epítetos que practicaba en mi adolescencia, algunas veces después de llorar junto al lavamanos, podían ser los trajes de camuflaje para compartir la tristeza, cuando quería, bajo una cripta.

Hoy ya los blogs no están de moda. 

Paso el dedo en la pantalla del móvil. Los reels (carretes) ocupan el espacio de mi atención. Veo cadáveres de bebés en brazos de sus madres, que lloran; rostros llorando con música de fondo, con mensajes alusivos a su público dolor; mujeres mostrando lágrimas por abortos espontáneos, por la imposibilidad de ser madres; gente mostrando ataúdes en velorios, o lápidas mientras posan colocando flores y recordatorios; familias grabando a niños que preguntan el porqué de la muerte de su hermana o de su padre… personas llorando o expresando tristeza porque están estresados, sobrepasados, en duelo por un amor, enojados, deprimidos, enfermos… por esos sentimientos y situaciones que siempre han hecho llorar, pero ahora performados en una pantalla.

Sadfishing.

Pesca triste. Triste pesca.

El término lo creo una escritora, Rebecca Reid. Leo en una página web sobre psicología que lo hizo cuando una de las hermanas Kardashian (esa familia que ha redefinido, en cierta manera, la forma en que las mujeres se observan) relató en su cuenta de Instagram un episodio triste por el acné en su adolescencia… patrocinada por una marca de un producto para el acné.

¿Cuántos se ahogan detrás de la pantalla? ¿Cuántos simulan ahogarse? ¿Cuántos están tomando el sol en la playa, margarita en mano, mientras te lanzas al mar de tu pantalla y le das “me gusta” y le dejas un mensaje salvavidas? 

¿Cuántas de esas criptas abiertas muestran esqueletos de utilería?

Suelto el móvil y recuerdo una línea del poema Llorar a lágrima viva, del argentino Oliviero Girondo. “Llorarlo todo, pero llorarlo bien”

Y agradezco tener escaleras.

Argénida Romero:

Periodista, escritora y correctora. No vivo donde nací, pero soy de ambos lugares. Dieciséis años viviendo de escribir y de corregir lo que otros escriben. He ganado algunos premios, he publicado algunos libros, pero prefiero sobre todo eso el chocolate.
http://eldiariodelarosa.blogspot.com/