Cal, cal y cal… Arena, arena y arena.

Cal, cal y cal… Arena, arena y arena.

Por Argénida Romero

Desde 2007 cubro la Feria Internacional del Libro Santo Domingo como periodista, publique o no en el medio donde trabaje. En estos años he visto y escuchado todo sobre las diversas formas de vivir esa actividad.

Y sí, hay libros si vas a buscar libros. Y sí, hay actividades, si vas a buscar actividades. Y sí, va mucha gente que no busca ni libros ni actividades.

¿Cuánto se invierte en la Feria? ¿Por qué no hay libros de los escritores a la que está dedicada la Feria? ¿Por qué El Vaticano fue un país invitado? ¿Por qué hubo una tarima de Telemicro junto al Teatro Nacional? ¿Por qué el programa no calza a veces con lo que pasa? ¿Por qué en la Ciudad Colonial? 

Cal, cal y cal. Arena, arena y arena.

Ante las preguntas hay matices. Unos te dan vueltas con una sonrisa, otros se molestan de plano, otros se agarran de un discurso cantiflesco. Están lo que ignoran y siguen sin más.

He guardado mucho bueno y mucho no tan bueno desde 2007. También por sanidad mental propia doy vuelta a la página semanas después de la Feria Internacional del Libro, no sin antes comentar o escribir algo. 

Este año aún no me decido si comentar o no sobre la Feria del Libro. Es posible que sea cansancio, no querer llover sobre mojado, o quizás es que hay tanto discurso a la defensiva y tanta malquerencia anónima que no estoy en ánimos de tener que enfrentarla.

«A ti te odian en Cultura», me dijo alguien en la Ciudad Colonial, una persona que días después me mandó un anónimo en el que hacían señalamientos grotescos y malintencionados sobre esta edición de la Feria Internacional del Libro. Creo que fue en mi temprana juventud, luego de varios tropiezos, que me dejó de importar los odios personales y personalistas de los demás. Pero a los odios, eso sí, suelo observalos, y este año como ningún otro, ví pasear demasiados.

Luego de contestar el mensaje con el envío del anónimo, señalando al remitente lo bajo que caía en hacerse eco y difusor de ese panfleto, me he quedado con la sensación de que en este pequeño país, y en el aún más pequeño espacio cultural de este país, cabe tanta malquerencia que no sé si vale la pena hacer esos juicios sobre lo bueno y lo no tan bueno de una actividad como la Feria Internacional del Libro Santo Domingo, en especial cuando sabes que algunos vendrán a decirte, de manera eufemista pero clara, que te calles.

Me quedo con los libros.

Argénida Romero

Argénida Romero:

Periodista, escritora y correctora. No vivo donde nací, pero soy de ambos lugares. Dieciséis años viviendo de escribir y de corregir lo que otros escriben. He ganado algunos premios, he publicado algunos libros, pero prefiero sobre todo eso el chocolate.

Encuentra el blog de Argénida en:
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Cal, cal y cal… Arena, arena y arena.

Crónica III: Las Últimas Monstruosidades Feriales

Arabia

Crónica III: Las Últimas Monstruosidades Feriales

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Escrito por Belié Beltrán

La lluvia contiene a todos los escritores en el restaurante del hotel. Miguel De Vallester conversa con Mario Bellatín sobre la relación entre Peix y David Markson, citan La Soledad Del Lector. Mario dice que le parece que Markson no escribía directamente esas frases. Considera que se trataba de un proceso de edición.

 

En la tarde, si la lluvia lo permite, estará firmando libros con una editorial independiente que acaba de publicar un volumen con tres de sus novelas. Miguel y yo reímos cada vez que se hace referencia a ese evento. Es como si esperáramos un desastre. En la noche, cerca de un tipo que invita a los transeúntes a comer chillo guisado, a la plancha y frito, Miguel diría: “Loco, nosotros creyendo que sería malo, pero UME resultó más mamagüevo de lo que esperábamos”, le doy la razón. Pareciera que la Feria lleva semanas. También da la impresión de que la lluvia trata de limpiarlo todo, desde el zumbido de voces que hablan de un boicot al concierto de una banda que sacó la bandera gay en tarima hasta la escritora cubana que está insoportable porque le han cancelado o movido todas sus actividades. Alexéi Tellerías habla de “Soft bloqueo”. Dice que lo ocurrido la noche anterior con el concierto fue un “Sonidus interruptus”, citándose en su poema de Los Peces Del Subsuelo. La lluvia empapa y retiene a la gente. Las actividades se suspenden o suceden solo con el personal. La lluvia incluso distrae del verde olor pantanoso que distingue la esquina de la calle El Conde con calle Las Damas. Borra las conversaciones del jueves, cuando cuatro escritores decían que un bachatero está siempre a un resbalón de ser evangélico. Entre dos cervezas también dijeron que cuando un bachatero se vuelve light, como Frank Reyes, es peor que si fuera evangélico. Como si conjurara un maleficio, uno de los escritores le dijo a otra que quería de la cerveza que tenía en un vaso con el panti que se acababa de quitar, a pedido de otro escritor.

El viernes llegó Mario Bellatín. La gente que le llama «Maestro», él que desconoce cuáles serán sus actividades. Miguel y yo girando de un lado para otro, hasta acabar en el pabellón de Pedro Peix. En la noche Bellatín tendría una conferencia magistral. Voy hacia el museo de Las Casas Reales con un grupo de panas. Cerca de Plaza España está Pedro Antonio Valdez con una escritora de Puerto Rico gritando que La Constitución da el derecho al libre tránsito. Se riega como la mierda de un loco, porque tienen la presentación de un libro sobre indicadores de lectura en estudiantes y un raso que lleva un Máuser, le impide pasar. Luis Abinader está en la Feria con Iván Duque, presidente de Colombia. Pedro dice: “Esta no es la primera Feria del Libro a la que viene un presidente. Aquí estuvo Correa, cuando lo querían matar en su país, y no se armó este aparataje”. Del equipo que está con Mario en el museo, salen a buscarnos. Poco antes le habían dado paso a Pedro Antonio.

En el museo, están Mario Bellatín, parte del equipo de protocolo, tres escritores colombianos y alguna persona más. Diez minutos más tarde, Fari Rosario, encargado de las conferencias magistrales, anuncia que la actividad se pospondrá para otro día, probablemente el domingo. Fari también presentó la conferencia magistral de Mempo Giardinelli. De ese encuentro recordé que la nostalgia no es buena aliada. Tenía la sensación que años atrás me despertó su novela Luna Caliente. Ahora me pareció un señor pretencioso, que no tenía nada que decir. Un escritor invitado lo resumió: “Entre cenar con Mempo o ir a comer empanadas, prefiero las empanadas”. Es sábado en la noche. Miguel y Mario Bellatín narran en el Parque Rosado parte de su travesía en un club español que es fanático de Franco en Santiago. La poeta gallega, Yolanda Castaños, lo definiría como un “No lugar”, cuando escuchaba las anécdotas. Un par de poetas insistían en tomarse fotos con Mario. Y ante la insistencia de estar con la cámara del celular en todo momento, me dio para preguntarme sobre espectáculos, las poses y el espíritu instagramer. Al final, ni siquiera en el lugar donde surgen las críticas o la consciencia del absurdo hay una zona libre de Instagram, los selfies o la necesidad de decir “Mírennos, estamos viviendo”. Recuerdo las conversaciones con una profesora en Washington, ella diciéndole a un grupo de estudiantes adolescentes que se concentraran en vivir el momento más que en capturar un recuerdo. Y pasa como con algunas críticas a la Feria. Insisten tanto en que es un desorden, que no hay libros o que no hay actividades, mientras en la calle Las damas, las librerías tratan de vender sus ejemplares y los pabellones se esfuerzan por atraer público. En un hilo de twitter, un usuario le escribió a la periodista Argénida Romero, que él había decidido no ir porque era un desorden anunciado. En una mesa en la que teníamos alrededor de veinte ejemplares distintos, una amiga se quejaba de que en la Feria no había libros. Otra cargaba una bolsa con la narrativa completa de Borges. Entonces, es cierto, hay mucho desorden, por razones distintas. También es real que hay menos libros y librerías que en otras ocasiones, pero hay. Incluso bajo la lluvia aparece un libro de Martín Adán, Casas De Cartón, en el stand de Huerga Y Fierro. Basilio Belliard, Juan Fredy Armando y otros recurrentes de la escena local hurgan entre los volúmenes de la editorial. La vendedora del stand me lee un fragmento de Casas De Cartón. Mario y Miguel regresan, estamos de camino a almorzar. Otra vez Miguel y yo nos reímos ante la expectativa de la firma de libros de Bellatín. Tampoco entonces intuimos el desastre empujado por Últimos Monstruos.

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Padres Putativos

Padres Putativos

Argénida Romero

Suelo ver documentales. Este último viernes vi dos. El segundo de ellos, la primera temporada de una miniserie. The Puppet Master: Hunting The Ultimate Conman (Quién maneja los hilos: Tras la pista de los mayores impostores). 

No voy a hablar de qué va la miniserie, porque mi mayor atención se quedó en un hombre dentro de la historia, el padre de una de las estafadas. Por diez años, el señor hizo de detective para tratar de salvar a su hija. Con entereza de carácter, con la que sostenía su dolor y desesperación, fue capaz de insistir por el rescate de su hija, víctima de una trampa psicológica. Y su terquedad tuvo sus frutos. Su hija regresó.

Mientras lo veía solo pensaba en el amor que lo movía más allá de los juicios, de la sensación que era un caso perdido, de que su hija, la que había conocido, ya no existía, del miedo, de la herida abierta en su vida. Un padre que ama. 

Me dije, “qué suerte la de esa muchacha”. Una desea y también admira la bella cobija de lo  que no tuvo. Sin embargo, en ese momento pensé en el amor que llega a pedacitos, repartido por la casualidad. Una cobija de retazos. 

El profesor universitario que reconocía el talento, la vocación y retribuía la admiración y el respeto. Los compañeros de trabajo con hijas e hijos de mi edad, que con ese aire de “eres joven, tienes que aprender”, y ese descubrimiento de “también aprendo de ti”, dejaron algo más que cotidianidad laboral en mi memoria. Los que, por azar, oficio y gustos han pasado y se han ido, han tenido una presencia intermitente o han permanecido en los días.

En Conde.

Conde era una pieza de ese puzle de padres putativos. Siempre lo encontraba en la única librería que queda en Santo Domingo. Uno que estaba allí, no en otro lugar, siempre entre los pasillos de los libros. ¿Qué estás leyendo?, era una de sus preguntas habituales. Anécdotas, correcciones y recomendaciones. Luego, la despedida larga en la puerta de salida, siempre con la idea última que no se dejaba acabar. 

No conocí a Conde fuera de los libros, de esos pasillos, del café de esa cafetería rodeada de bonitos cuadros, con un piano que nadie toca a la vista; de esa casualidad de encontrarnos siempre allí y de hablar, y de hablar con otros, y de despedirnos con un hilo que, posiblemente a propósito, no cortábamos para retomarlo en el casual encuentro siguiente.

El retazo de Conde en mi bella cobija me cubre hoy los dedos con los que tecleo en la laptop. Me detengo y lo pienso hojeando libros y creo que un poco de ese padre que espera para dar estaba en él cuando me veía entrar a la librería. Y me digo, ¡qué suerte la de esa muchacha!

Argénida Romero:

Periodista, escritora y correctora. No vivo donde nací, pero soy de ambos lugares. Dieciséis años viviendo de escribir y de corregir lo que otros escriben. He ganado algunos premios, he publicado algunos libros, pero prefiero sobre todo eso el chocolate.

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Agua entre los dedos

agua entre los dedos

Argénida Romero

Buscar en el presente el pasado. Fotos en blanco y negro, o en colores opacos, que ha sido digitalizadas, que se cuelgan en esta red o en la otra. En una la veo, de puntillas, con un tutú, erguida, majestuosa. En otra, con esas poses imposibles para aquellos que no han trabajado el cuerpo para volverlo viento, pluma o huracán.

Patricia Ascuaciati era una bailarina clásica, una danzadora, una actriz, una maestra, una madre, una hija. Un rostro de rasgos fuertes, ojos profundos, sonrisa enigmática. Una rara avis que vivía por el arte, en el arte y para el arte.

Muchos hablan o escriben sobre la manera en que partió. Las circunstancias de su muerte cargan una especie de tragedia shakesperiana, que es lo mismo que hablar de la tragedia humana, sin escenario ni telón.

Y ante situaciones brumosas, incomprensibles, desconcertantes está la rebelión. Un «no puede ser», un «es que debe existir una explicación lógica». Pero, ¿Qué es lo que no puede ser? ¿Cuál es la explicación lógica?

Los hechos son hechos. Hubo una acción y una consecuencia a esa acción. Lo que rodea esos hechos es lo que llena de zozobra.

Leo juicios desde el prejuicio, desde el descreimiento frente al hecho, desde el abandono ahora reconocido, desde el deseo de defensa, desde la pérdida.

Con el tiempo esos juicios se irán apagando. Pasarán otras cosas, pasará el tiempo y hasta pasaremos nosotros. Al final, lo sucedido ya no puede deshacerse. Queda para quienes sí son las víctimas directas de esta circunstancia un camino que probablemente no lleve a ninguna parte.

Es triste, es desconcertante y, sí, en ciertos aspectos no tiene sentido. Pero es. 

Se puede desear que todo calle, que los juicios paren, que los rumores dejen de recorrer los pasillos virtuales, y reales. Pero solo nos queda, a la mayoría, ver correr el agua de ese río.

Mi único deseo para quienes amaron y aman a las personas dentro de esta circunstancia, es que de alguna manera encuentren consuelo, algún tipo de consuelo, como cuando entras las manos en el agua y la dejas ahí, sintiendo la corriente pasar entre tus dedos. Y tal vez no sea suficiente, pero es necesario.

Argénida Romero:

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Guerras

Argénida Romero

En Wikipedia (un punto de partida usual de búsqueda cuando “googleas»), hay un cuadro anexo a un artículo que se llama “Guerras por número de muertos”.

Su contenido, de varios cuadros y listas, suman millones y millones de muertos que incluyen guerras en el Imperio Romano, coloniales, regionales y las consideradas mundiales. Números, que van de mayor a menor, o viceversa, en la medida que pasan los siglos y los años, o se producen en una región u otra, u ocupan un mayor territorio, o permanecen por más tiempo.

Pero, parafraseando al periodista Luis Miguel González, quien apunta que detrás de las cifras económicas hay historias humanas, detrás de esos números de víctimas de las guerras que suman millones y millones también hay historias humanas. 

Antes, las historias humanas de las guerras eran recogidas de boca en boca, luego por crónicas o informes, también dibujos. Después llegaron las fotos, los videos. ¿Se ha quedado horas viendo alguna foto de cádaveres de alguna guerra en Africa, o de algún campo de concentración nazi al finalizar la segunda guerra mundial?

En la última década del siglo XX las guerras se empezaron a transmitir en televisión, en los noticiarios. En lo adelante, las imágenes de los conflictos nos llegaron con más inmediatez, como especie de capítulos de novelas en horario estelar.

En la última década también las víctimas más directas transmiten las incidencias de la guerra. Selfies, videos, transmisiones en vivo desde un teléfono móvil… y en estos días, hasta memes.

¿Qué nos dicen los números y las historias humanas de las guerras? ¿Qué dice de nosotros la manera en que conocemos o ignoramos, o nos sobre informamos de las guerras? ¿Qué nos dice saber con más exactitud cuántos murieron en la guerra de Irak (un poco más de un millón de personas) y desconocer cuántos murieron en la Guerra del Congo (tres veces más de las que fallecieron en Irak)? ¿Qué nos dice ver el video de un joven que explica lo que pasa en su barrio mientras en el fondo se escuchan explosiones? ¿Qué nos dicen los memes en que, desde el más absoluto machismo, se expresa la disponibilidad de recibir mujeres refugiadas apelando un “sexismo de lo bello”?

Supongo, y no es una respuesta a ninguna de las preguntas que planteo, que es un asunto de espejos. 

Vemos los números desde nuestra limitada calculadora. Vemos las historias humanas desde nuestra historia humana. Vemos la guerra desde nuestras pequeñas guerras.

Y en esa medida, reaccionamos.

Argénida Romero:

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