Un ejercicio de ficción

Un ejercicio de ficción

Imagino ahora tener entre mis manos un libro de poesía titulado simplemente Poemas y firmado por Luis «Terror» Días (Bonao, 1950). Sí, el mismo «Terror» de Anaisa y El guardia del arsenal. Y el mismo Terror de Transito entre guácaras, poemario de temática taina publicado en 1987.

Quizás parezca extraño que vaya yo a reseñar un libro que no se publicó nunca, por lo menos no como objeto físico. La razón de este ejercicio es que estoy totalmente convencido de que en las canciones del Terror hay poesía. Y me concentraré en armar ese poemario inexistente fijándome sobre todo en aquellas canciones («poemas») en las que lo citadino es protagonista.

Comienzo a hurgar en mis archivos sonoros y aparece Barrios calientes: «Yo se lo dije a mi negro / que e’to barrio ‘tan caliente / yo se lo dije a mi negro / que e’to barrio ‘tan caliente // Y que cierre bien la puerta / antes de las diez y veinte / y que cierre bien la puerta / antes de las diez y veinte // Que la policía secreta / anda haciendo una redada / y le sirven de caliese’ / lo’ muchacho de la banda». Radiografía de la vida en los barrios marginados en los que la represión policial es un hecho cotidiano. Al parecer las cosas siguen tal como las describe Luis, aunque los calieses han cambiado de nombre y la tristemente célebre Banda Colorá desapareció.

Una temática parecida, la de las redadas policiales en los barrios marginales, aparece en Rosmery: «Era una noche turbulenta / donde andan las balas perdidas / mi instinto siempre estuvo mosca / y mi guardia encendida. // Los agentes cuestionaban tras el empujar de puertas / y siguió como sin nada viendo su telenovela / si no es por Rosmery, Rosmery, Rosmery, Rosmery,  / que me abrió su puerta no sé qué sería de mí sin Rosmery / no sé qué sería de mí sin Rosmery».

Esa temática de represión es puesta en escena en Palacio de Ciudad Nueva («¿Cuántos presos trajo anoche la yipeta? / Severo, Severino sabe la cuenta») y en El carrito gris («Y a mí me persigue de noche y de día / un carrito gris de la Policía»)

Así avanza esta escucha («lectura») y ahora suena Mi guachimán, grabada por Sonia Silvestre, en la que se cuentan las peripecias de una mujer andando sola en las madrugadas de Santo Domingo: «Por a mí gustarme tanto un vacilón / me ‘tuvien’ a comer cruda dos malhechores, dos malhechores». Retrato de lo difícil que era, es, ser mujer y andar en un «ambiente de hombres»: «Hombres me insultan, me llaman / pues soy mujer y ando sola / está muy fuerte andar sola hoy». Calles inhóspitas en la que «perro come perro» son la inspiración de una historia en la que aparece el guachimán, figura que forma parte de nuestra cultura popular, como protector: «el susto me dejó muda / gritos y malas palabras / mi guachimán me salvó».

Y así siguen desfilando personajes y espacios de la ciudad: Rudynickel, el pusher de Naco, «caliente en la cuatro equina / nadie se junta con él»; Los mormones, a los que muchos señalan como espías de la CIA, y que andan «con su corbatica negra»; el Viejo Luis, «que ahora baila en un solo pie / que ahora se pega de la pared»; La pérdida, grabada originalmente por Sergio Vargas, y que es una canción de amor a las prostitutas, y que guarda la que considero yo una de las estrofas más bellas de la música, y de la poesía, dominicanas: «Ella es un dulce quejido, noche pegajosa y tibia, / y en su abrazo, desgreñada, la mañana va abrazando el día».

Aparecen además en La guagua («Chófer, sube a esa mami que va como una fiera pa’ la di’coteca»), una escena del transporte colectivo local y en La parte alta («Porai, porai por la parte alta donde está la Zona B cuanta’ mujere’ bonita pero echándose a perder») habla del abuso del hombre hacia la mujer.

Hay también en estas canciones-poemas, que he seleccionado para armar este libro ficticio, una visión de la noche parrandera de la ciudad, del vivir la vida nocturna. Cito tres ejemplos de esto: De bufeo en bufeo («Yo no trabajo soy un levente /  me gustar vivir entre los moteles»; Los placeres («La noche de es de los bares y las amigas el día lo tengo ya comprometido» «Vivir es estar despierto lo más que se pueda estarlo / por eso los placeres van a acabar conmigo»); y por último, Los vecinos oyen (Los vecinos oyen los de arriba y los de abajo / cuando hacen su diligencia pero así es que se entretienen, manito, / dándole gusto al gusto, manito, sabe Dios si así soy yo»).

Llego al final de esta lectura – escucha con el convencimiento de que, sin duda, la obra de Luis «Terror» Días, la obra escrita, debe ser puesta en valor y ocupar el lugar que merece, por antonomasia, en la historia de la poesía dominicana.

La importancia del contexto en el quehacer arqueológico

Una de las grandes diferencias entre los arqueólogos y los historiadores del arte es la importancia del contexto. El contexto arqueológico es el lugar específico donde se encuentra un objeto, más aquellos objetos culturales que se depositaron al mismo tiempo que el artefacto a estudiar. El contexto nos puede dar información sobre el artefacto que no puede ofrecer por sí mismo. 

Un ejemplo de esto es el contexto de los restos humanos encontrados en el área del Monasterio de San Francisco en el Parque Histórico y Arqueológico de la Vega Vieja. Los documentos históricos registran la construcción de dos estructuras de monasterio. La primera estructura, de materiales perecederos, se construyó en algún momento entre 1502 y 1509, durante la gobernación de Ovando (1502-1509). Este edificio fue sustituido por una estructura de mampostería, en algún momento entre 1525 y 1528. 

Como vemos en la imagen adjunta, se encontró una serie de 9 restos esqueléticos humanos. Aunque todos estos tienen contextos dignos de discusión, solo comentaremos sobre los Restos #4 y #8 en este artículo. 

Inicialmente, los restos esqueléticos en sí pueden ofrecer cierta información. Si los esqueletos están enterrados en forma fetal, esto nos apunta hacia un entierro indígena precolombino, puesto que esta era la práctica antes de la llegada de los españoles. Por otro lado, si el esqueleto se encuentra acostado boca arriba, con las manos cruzadas sobre el pecho, se asume que es un entierro cristiano colonial. El problema surge con la identificación de la etnia de dicho cristiano, pues este podría ser español, indígena, o hasta afrodescendiente.

Existen en la actualidad diversos análisis de laboratorio que pueden ayudar a identificar la etnia de restos esqueléticos, incluyendo los de niveles de estroncio, de ADN antiguo, y del calculo dental. Desgraciadamente muchos de estos destruyen la muestra, son de alto costo, y no se realizan en el país. Sin embargo, el contexto arqueológico nos puede proveer esta información, o por lo menos puede ayudar a determinar si vale la pena gastar en los estudios de laboratorio.

Los Restos #8 son un excelente ejemplo de este proceso. Estos restos se encuentran debajo de la pared suroeste del monasterio. Esto significa que estuvieron enterrados antes de la construcción del monasterio, en algún momento entre 1508 y 1525. Esto deja pocas dudas de que este individuo fue indígena.

También es importante notar que el conjunto de materiales en el contexto de los Restos #8 incluyen buren, cerámica europea, vidrio, restos animales, y cerámica La Vega Vieja Rojo sobre Blanco. Esto contrasta con los Restos #4 que solo tienen 3 otros materiales en su contexto – cerámica europea, restos animales y cerámica Engobe Rojo. De primera intención podríamos pensar que el enterramiento con más materiales debería pertenecer a un europeo y no a un indígena. Es entonces que debemos recordar el contexto histórico/religioso. Los cristianos tienden a ser enterrados con pocas pertenencias, particularmente los religiosos. Este no era el caso de los indígenas, especialmente si no eran cristianos, o se habían convertido poco antes de morir. 

En otra entrega continuaremos estudiando los demás restos del Monasterio de San Francisco del Parque Histórico y Arqueológico de la Vega Vieja.

La Dra. Pauline M. Kulstad-González tiene un Doctorado en Arqueología de la Universidad de Leiden (Países Bajos); una Maestría en Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Florida (concentración en Arqueología) (EE. UU.); y una Licenciatura en Estudios Latinoamericanos y Antropología de Macalester College en Minnesota (EE. UU.). Actualmente dirige una empresa de consultoría (PK Research and Translations) que se centra en la investigación sobre La Española del siglo XVI, tanto en archivos como en el campo. Está especializada en paleografía del siglo XVI. Actualmente es coorganizadora del Seminario ’29 Años Antes: Encuentro de Dos Mundos’.

De Como Somos Minúsculas Por Las Gaviotas

Gaviota volando

De Como Somos Minúsculas Por Las Gaviotas

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Somos Minúsculas Por Las Gaviotas

La palabra Minúsculas hace un recorrido leve, como si la “m” aleteara despacio, a ras del agua, simulando ser gaviota. La palabra minúsculas busca poco, aspira a poco, pretende nada, o casi nada.

Como las gaviotas recorre las costas tomando lo que surja del mar, cayendo a veces en una ola más agresiva de lo común. Ante todo, la gaviota mira el agua, la arena, los bañistas, toma el sol; y con todo crea un mito para el viento que la acoge.

Así somos. Tomamos de las artes, la gastronomía, la tierra o las historias de la gente, el material para alzar nuestro vuelo.

Contamos cultura, sin pretensiones o con muy pocas.

 

Para garantizar la estabilidad, nos rigen unos principios sencillos:

  • Lo que contamos como cultura no es la cultura, pero es cultura.
  • No entramos en maniqueísmos, todos los matices caben.
  • Somos profundamente colaborativos. Tenemos el espacio abierto a todas las historias. Tenemos predisposición a colaborar con otros espacios y expresiones.

Hace poco un curador de artes dominicano nos preguntó si todo lo que publicaríamos estaría en minúscula. La respuesta fue que no, sin embargo, cabe la posibilidad de que haya una propuesta estética completamente en minúscula.

Pero el medio es minúsculas como idea de lo simple. Se trata de definir una aspiración, la línea azul detrás de la gaviota.

Una pregunta más que puede surgir en la conversación es ¿por qué hacer Minúsculas?
La respuesta es sencilla. Conocemos pocos medios dedicados a contar espacios culturales.

Puede que haya un enorme listado de revistas, podcast o columnas en periódicos, blogs y redes sociales. Siempre será poco para la cantidad y diversidad de formas culturales que tenemos.

También por eso somos minúsculas. Porque sin importar cuánto contemos ni a dónde lleguemos, la cultura seguirá ocupando un espacio pequeño en el diálogo, aunque sea el centro de las acciones de toda la gente, en todos los territorios, en todas las generaciones.
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