Oyendo música a vuela pluma

Villa Juana

Una columna me ha pedido Belié (Beltrán), una columna donde quiere que exprese mis comentarios sobre la música que estoy oyendo y que he oído. Pues esta es la primera. Pero antes de empezar esta conversación tenemos que tener claro algunas cosas. No toco ni las puertas. Carezco totalmente de oído musical para cantar aunque me defiendo bailando merengue y salsa, por tanto lo que oiremos aquí será puramente desde el punto de vista del oyente. Un oyente que discrimina muy poco, acercándose a la melomanía omnívora. Podríamos parafrasear al personaje famoso de Cuquín Victoria: “predisione atrolójicas y horócopo pelsonale para loj nacidoj entre Silvio Rodríguez y Iron Maiden”. 

La música ha estado en mi vida desde que tengo uso de razón. Crecí en Villa Juana, un barrio que como todo el Caribe, suena (Luis Rafael Sánchez dixit) y los sonidos que me acompañaron iban desde la “música de amarge” de José Manuel Calderón a Bob Marley, pasando por The Platters, Elvis y Monk (mi madre), soca, calypso y “música haitiana” (la vecina muy decente y respetable que ejercía sus artes en “las islas” y criaba dos hijas sola), los Matamoros, los Compadres y “Cien canciones y un millón de recuerdos” (mi padre). 

Pero mi gran pasión, especialmente desde que me mudé a Canadá hace ya veinte años, es el jazz y principalmente el de la segunda mitad del siglo veinte. Si usted me sigue en Twitter sabrá que mantengo los hashtags #Músicadelamañana #Músicadelatarde y #Músicadelanoche, porque no dejo de escuchar música excepto cuando duermo (y no siempre) y habrá notado la preponderancia de Thelonious Monk. Pues bien, la culpable es mi madre, que me dijo hace mucho que Monk era cool. Y aquí los dejo con uno de los primeros discos de Monk que recuerdo, “Ruby, My Dear” de Thelonious Monk’s Greatest Hits de 1963 

Thelonious Monk: Greatest Hits

Hasta la próxima.

Arturo Victoriano

Arturo Victoriano:

Crítico literario y profesor universitario. Es autor de Rayanos y Dominicanyorks: la dominicanidad del siglo XXI (Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2014). Reside en Vancouver y enseña lengua española y literatura caribeña en la Universidad de la Columbia Británica.

Crónica III: Las Últimas Monstruosidades Feriales

Crónica III: Las Últimas Monstruosidades Feriales

Arabia

Crónica III: Las Últimas Monstruosidades Feriales

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Escrito por Belié Beltrán

La lluvia contiene a todos los escritores en el restaurante del hotel. Miguel De Vallester conversa con Mario Bellatín sobre la relación entre Peix y David Markson, citan La Soledad Del Lector. Mario dice que le parece que Markson no escribía directamente esas frases. Considera que se trataba de un proceso de edición.

 

En la tarde, si la lluvia lo permite, estará firmando libros con una editorial independiente que acaba de publicar un volumen con tres de sus novelas. Miguel y yo reímos cada vez que se hace referencia a ese evento. Es como si esperáramos un desastre. En la noche, cerca de un tipo que invita a los transeúntes a comer chillo guisado, a la plancha y frito, Miguel diría: “Loco, nosotros creyendo que sería malo, pero UME resultó más mamagüevo de lo que esperábamos”, le doy la razón. Pareciera que la Feria lleva semanas. También da la impresión de que la lluvia trata de limpiarlo todo, desde el zumbido de voces que hablan de un boicot al concierto de una banda que sacó la bandera gay en tarima hasta la escritora cubana que está insoportable porque le han cancelado o movido todas sus actividades. Alexéi Tellerías habla de “Soft bloqueo”. Dice que lo ocurrido la noche anterior con el concierto fue un “Sonidus interruptus”, citándose en su poema de Los Peces Del Subsuelo. La lluvia empapa y retiene a la gente. Las actividades se suspenden o suceden solo con el personal. La lluvia incluso distrae del verde olor pantanoso que distingue la esquina de la calle El Conde con calle Las Damas. Borra las conversaciones del jueves, cuando cuatro escritores decían que un bachatero está siempre a un resbalón de ser evangélico. Entre dos cervezas también dijeron que cuando un bachatero se vuelve light, como Frank Reyes, es peor que si fuera evangélico. Como si conjurara un maleficio, uno de los escritores le dijo a otra que quería de la cerveza que tenía en un vaso con el panti que se acababa de quitar, a pedido de otro escritor.

El viernes llegó Mario Bellatín. La gente que le llama «Maestro», él que desconoce cuáles serán sus actividades. Miguel y yo girando de un lado para otro, hasta acabar en el pabellón de Pedro Peix. En la noche Bellatín tendría una conferencia magistral. Voy hacia el museo de Las Casas Reales con un grupo de panas. Cerca de Plaza España está Pedro Antonio Valdez con una escritora de Puerto Rico gritando que La Constitución da el derecho al libre tránsito. Se riega como la mierda de un loco, porque tienen la presentación de un libro sobre indicadores de lectura en estudiantes y un raso que lleva un Máuser, le impide pasar. Luis Abinader está en la Feria con Iván Duque, presidente de Colombia. Pedro dice: “Esta no es la primera Feria del Libro a la que viene un presidente. Aquí estuvo Correa, cuando lo querían matar en su país, y no se armó este aparataje”. Del equipo que está con Mario en el museo, salen a buscarnos. Poco antes le habían dado paso a Pedro Antonio.

En el museo, están Mario Bellatín, parte del equipo de protocolo, tres escritores colombianos y alguna persona más. Diez minutos más tarde, Fari Rosario, encargado de las conferencias magistrales, anuncia que la actividad se pospondrá para otro día, probablemente el domingo. Fari también presentó la conferencia magistral de Mempo Giardinelli. De ese encuentro recordé que la nostalgia no es buena aliada. Tenía la sensación que años atrás me despertó su novela Luna Caliente. Ahora me pareció un señor pretencioso, que no tenía nada que decir. Un escritor invitado lo resumió: “Entre cenar con Mempo o ir a comer empanadas, prefiero las empanadas”. Es sábado en la noche. Miguel y Mario Bellatín narran en el Parque Rosado parte de su travesía en un club español que es fanático de Franco en Santiago. La poeta gallega, Yolanda Castaños, lo definiría como un “No lugar”, cuando escuchaba las anécdotas. Un par de poetas insistían en tomarse fotos con Mario. Y ante la insistencia de estar con la cámara del celular en todo momento, me dio para preguntarme sobre espectáculos, las poses y el espíritu instagramer. Al final, ni siquiera en el lugar donde surgen las críticas o la consciencia del absurdo hay una zona libre de Instagram, los selfies o la necesidad de decir “Mírennos, estamos viviendo”. Recuerdo las conversaciones con una profesora en Washington, ella diciéndole a un grupo de estudiantes adolescentes que se concentraran en vivir el momento más que en capturar un recuerdo. Y pasa como con algunas críticas a la Feria. Insisten tanto en que es un desorden, que no hay libros o que no hay actividades, mientras en la calle Las damas, las librerías tratan de vender sus ejemplares y los pabellones se esfuerzan por atraer público. En un hilo de twitter, un usuario le escribió a la periodista Argénida Romero, que él había decidido no ir porque era un desorden anunciado. En una mesa en la que teníamos alrededor de veinte ejemplares distintos, una amiga se quejaba de que en la Feria no había libros. Otra cargaba una bolsa con la narrativa completa de Borges. Entonces, es cierto, hay mucho desorden, por razones distintas. También es real que hay menos libros y librerías que en otras ocasiones, pero hay. Incluso bajo la lluvia aparece un libro de Martín Adán, Casas De Cartón, en el stand de Huerga Y Fierro. Basilio Belliard, Juan Fredy Armando y otros recurrentes de la escena local hurgan entre los volúmenes de la editorial. La vendedora del stand me lee un fragmento de Casas De Cartón. Mario y Miguel regresan, estamos de camino a almorzar. Otra vez Miguel y yo nos reímos ante la expectativa de la firma de libros de Bellatín. Tampoco entonces intuimos el desastre empujado por Últimos Monstruos.

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