¿Cómo puede llegar a amarse una ciudad? Amar sus rincones, sus parques, sus esquinas. Amar el salitre que la inunda cada día; amar quizás la sensación de ser dueño de un trozo de ella. Pero, con la misma pasión, odiarla hasta querer despedazarla o borrarla del mapa de la memoria.

Rafael Añez Bergés† (San Francisco de Macorís, 1940)  en La ciudad en nosotros: poemas 1969 (Santo Domingo: Editora Taller, 1972), tararea una canción agridulce en la que profesa una profunda rabia, y un profundo amor, hacia Santo Domingo, ciudad con aire pueblerino violentada por la Guerra de Abril, la invasión norteamericana y el inicio de los infaustos «Doce Años de Balaguer».

Añez Bergés pone en atmósfera al lector desde el inicio del libro, a través de un texto que sirve como  epígrafe y dedicatoria: «A ti, que como yo, / odiaste y amaste tanto / esta ciudad».  Y a partir de ese instante quien lee se sumerge en una poesía escrita «desde la negación y la rabia», como anota Soledad Álvarez en La ciudad en la poesía dominicana.  Más adelante Álvarez dice que en este libro se asoma «la ciudad vilipendiada en la desesperación del amor, oscuro objeto del deseo».  Y esto es notable en el inicio del Poema 8: «Sé que tanto tú como yo/ hemos odiado esta ciudad/ y que del odio ha nacido el amor inevitable/ hacia las cosas/ porque la ciudad es como una puta festiva/ que se vende», versos en los que se vuelve a mencionar, como en el epígrafe, esa frontera invisible entre el amor y el odio.

Escrito en 1969, pero publicado en 1972, La ciudad en nosotros está dividido en dos estaciones: en la primera se nos muestra una ciudad, aun provinciana y virginal, que es mancillada, en la segunda estación, por una guerra que trastornó la vida de sus habitantes y cuyas calles ahora han sido tomadas por una desilusión, un halito de derrota que hace recordar cada día a los perdidos en la Revolución de Abril.

Un dato curioso es que en la primera edición no aparece la «segunda estación», «censurada» por el propio autor quien había prometido a su madre, temerosa de que lo asesinaran como represalia, que sería publicada solo después de su muerte. Así, aparece de manera íntegra casi cincuenta años después.

En esta reunión de poemas transita la realidad de una ciudad que va entrando en la modernidad, que ha despertado, de golpe y porrazo, de la modorra pueblerina hasta convertirse en una urbe moderna y sofisticada pero en la que se figura un territorio hostil por la situación política de los «Doce Años de Balaguer».

Dos historia de amor, el amor romántico y el amor hacia la urbe, se configuran desde el Poema 1, que comienza con el recuento de la rutina diaria: «El violento despertar / con el desvencijado reloj / de los años de estudiante / el baño y la afeitada presurosa […] Mil rostros junto a ti / caminando por la acera / junto a ti en la cafetería / junto a ti en el ascensor / y el transistor japonés del “celador” del edificio / con Niní Cáffaro cantando “Es magia” / y la mañana presurosa que comienza»; y termina con unos versos para la mujer amada: «Y tú / tú en el mismo sitio de partida / tú en cada uno de mis actos / tú y tu pelo corriendo por la nuca / tú y tu prendedor con margaritas de fantasía / tú y tu mirada límpida, serena / y nuevamente el día que comienza».

El sujeto que poetiza sigue cantándole a esa mujer que es «compañera, amiga mía, amante mía / soplo de espuma entre mis piernas».

En el Poema 5 el paso, y el peso, de la rutina citadina se describe de una manera mordaz y no exenta de tristeza: «Sí, por eso, como una maldición / la tarde se ha detenido violentamente / sobre la ciudad / y nos ha robado la esperanza / para seguir viviendo en el amor […] defecar, morir y repetir la historia /fotograma a fotograma / construyendo la cinta cinematográfica / ¡la gran comedia! / donde los jóvenes de mañana se reirán / mientras hacen el amor y se masturban / en la obscuridad de las salas de cine / de los zaguanes, de los callejones».

En el Poema 8, que cierra la «primera estación» ese amor inevitable, nacido desde el odio, se convierte en la certeza «de que esta ciudad es perdidamente / nuestra muerte y nuestra vida». En otra parte de este texto se alude a la soledad citadina: «Por eso podría decir / que tú, que yo / que nosotros / estamos completamente solos / sobre esta ciudad tendida frente al mar / con su olor de molusco putrefacto».

En la «segunda estación», publicada en la segunda edición de 2017, hay una mayor carga ideológica y de crítica social y comienza con el Poema 9, en el que el poema le hace un reclamo, a voz en pecho, a la ciudad, representada por la otrora idílica playa de Güibia: «Meretriz / Matrona de la Noche / Diabla Cojuelo, / de los bacanales de Eros. / Coronela de batallas  / ganadas y perdidas». Habla específicamente en este texto de la destrucción del «Paraguas de Güibia», enramada donde se bailaba «bajo las empinadas canas / al ritmo de merengues cadenciosos, sones / y boleros para cortarse las venas / en locura de amor desesperado: Toña la Negra, María Luisa Landín, / Elvira Ríos, María Victoria…». El sujeto poético regresa al lugar donde la nostalgia le punza: «Aquí estoy / viejo paraguas de Güibia / solo la noche / su silencio y tú / y las luciérnagas / de siempre / envolviendo sobre mi cabeza / tus cintas moradas, rosadas y amarillas…». La pérdida de este espacio vital de la ciudad es también para el poeta una pérdida de los recuerdos construidos «bajo el ir y venir de tus olas».

A partir del Poema 10, que aparenta ser un poema de amor erótico («Te veo frente al mar / con tus cabellos al viento, contemplar / el juego de los alcatraces / en busca de su “pez de cada día”»), es un poema sobre la Guerra, nombre con que esa generación poética llama a la Revolución de Abril, y que aparece aquí como esa sombra que convirtió a la ciudad de Santo Domingo «en aquellas dos ciudades absurdas» divididas por alambradas: «La “Ciudad Buena”, / la de Imbert Barreras, la de San Isidro / bajo las alas protectoras del Águila del Norte […] la “Ciudad Mala”, / integrada por los viejos amigos / de la adolescencia y la juventud».

«La ciudad de amigos / innecesariamente muertos…» escribe Añez Bergés con un tono de desilusión con el que también se pregunta: «¿De qué nos sirve pasear junto al mar / saboreando el salitre en nuestros labios / ¿De recoger cundeamor en los farallones / intentando jugar a niños? / ¿De qué nos sirve sentarnos en el viejo parque / para alimentar las palomas? / Tenemos el espectro de la Guerra / en cada rincón de la ciudad».

En esta estación final de La ciudad en nosotros está presente ese «viento frío que acerca su hocico suave/a las paredes, /que toca la nariz, que entra en nosotros/y sigue lentamente por la calle, /por toda la ciudad…», sobre el que había escrito René del Risco unos años antes, y que aquí se representa desde la interrogación, desde la angustia de saber la inutilidad de la lucha: «¿Para qué sirvió esta guerra, / si ya no podemos mirarnos a los ojos / como antes?». Esta es la realidad que dejó la Guerra: una ciudad que se abre silenciosa a la rutina del día por el que hombres y mujeres cansados van y vienen; y he aquí un elemento importante que el poeta, la voz poética, hace una diferenciación entre esos «hombres y mujeres cansados / que transitarán por ella / en el diario vivir» para hablar de un nosotros que quizás se refiera a quienes pelearon activamente en la Guerra: «Y en medio de ellos / nosotros, / desesperadamente solos. / Terriblemente angustiados / burlados, timados, / perdidos en la multitud de una ciudad / que nos fue robada».

Me detengo en estos versos: nótese la impotencia implícita de haber perdido a la ciudad aunque se viva en ella. Aunque se allá tenido una victoria, pírrica para muchos, en fin, un cumulo de sentimientos fruto de una guerra ganada que se perdió.

En el Poema 12 se canta una especie de oda a las palomas, testigos de la guerra y del amor, que pueblan los parques de Santo Domingo: «Las palomas de mi ciudad / no son como las / de Plaza San Marcos / o Central Park. / Son diferentes, / saben del grito, la pólvora / y la sangre / y en su plumaje / llevan un poco de la Guerra / porque la Guerra sitió los parques/ los convirtió en trincheras».

El Poema 13 es una especie de declaración de derrota: «La ciudad ya no es la misma / tú y yo, amiga mía, / tampoco somos los mismos; / ahora somos apátridas, / escapando cada vez más lejos / de esta ciudad robada».

«La sangre de los amigos asesinados / empaña nuestra mirada», dos versos que podrían, de alguna manera, resumir todo el dolor que yace en estas páginas, toda la perdida de amigos que dieron su vida por la patria.

El Poema 15, que cierra estas dos estaciones que cantan a una ciudad habitada desde el amor y el odio, destila esa nostalgia de lo perdido: «Abril fue inclemente, despiadado con sus hombres», dice el poeta.

Me detengo en unos versos en los que se rinde homenaje al poeta combatiente, y mártir, Jacques Viau Renaud: «Calló Jack Viaux Renaud (sic) / el día más aciago de la Guerra. / Calló el gorrión, dulce gorrión / de Isla dividida».

A pesar del ensombrecido panorama de posguerra el poeta, en su canto, vislumbra la esperanza de un día mejor: «Algún día volverán las maripositas amarillas, diminutas, / con su risueña inocencia / a aletear sobre las tumbas blancas y tranquilas / de los cementerios de la ciudad».

«Destellos del mañana / y de aquel Abril en la memoria… / Bajo este almendro de la infancia, / bajo esta tibia placidez / del viejo parque. […] El mar queda detrás / en este anochecer… / Y la ciudad de nosotros / que se funde / y que también se pierde junto a él».

Sin duda, Añez Bergés edifica sobre estas dos estaciones una canción de amor a la ciudad perdida, mancillada, pero que a pesar de las derrotas cotidianas sigue atada a nosotros, sigue estando en nosotros, palpitante y viva, aunque se odie o se ame. A pesar de sí misma.