La avenida es una especie de páramo que atraviesa terrenos con vocación para la inversión inmobiliaria. Entre un residencial de apartamentos y otro, la parada. Las únicas señas de que allí para un autobús es una equis roja en la acera, casi arropada por la maleza, y letrero azul intenso y brillante, en la parte superior de un tubo de acero colocado frentre a la equis roja, con la silueta y el nombre de lo que las tres esperamos desde hace treinta minutos.

Temperatura 38 grados celsius. Con mi paraguas abierto invito a mis dos compañeras ocasionales de espera a protegerse bajo ella.

  • Esta omsa cada día dura más en pasar
  • ¡Ay, sí! Y con este solazo.
  • Yo porque no puedo gastar mucho en pasaje, con lo que gano trabajando ahí, en ese edificio. Menos mal que ya me dijeron que se van a mudar, porque el transporte aquí es una lucha.

Los vehículos pasan a alta velocidad. Vemos cruzar a varios, sorteando su agilidad ante la rapidez de los carros y camiones.

Se acerca una motocicleta. Las tres, a la par y casi en coordinación, nos hacemos hacia atrás. Muevo la cartera que cuelga sobre mi hombro derecho hacía mi espalda.

  • Por aquí atracan mucho. Hay que tener cuidado.
  • Bueno, les gusta atracar más tarde, pero como quiera hay que cuidarse.
  • Trato de estar media alejada de la calle, por si intentan… me tiro en esos matorrales.

Una de ellas voltea a ver los matorrales.

  • ¡Pero tú estás loca! Te tiras por ahí y te alcanzan, y te hacen de todo sin que nadie se de cuenta. ¡Ay, no! Mejor me tiro a correr por lo claro.
  • Yo me fajo con ellos.
  • ¿Y si están armados?

Vemos la silueta de algo que parece un autobús acercándose. Pero no, no es el verde característico de las omsas (como casi todo, los autobuses de la Oficina Metropolitana de Transporte terminaron llamándose como el acróstico que nombra el organismo que las administra).

  • No tiene un horario fijo para pasar. Lo hacen cuando les da la gana. Y no hay otro transporte por aquí. Es una vaina.
  • Yo espero que aquí pongan rutas pronto. Ya que empezaron a construir por aquí. O será que ellos creen que todo el mundo tiene un carro por aquí. Los otros días pasé un susto. Un sonata se para allí y el tipo me empieza a pitar, yo cruzando. Pensaba que era el carro de mi compadre. Menos mal que le mire la cara bien, di pa trá de una vez. Y el tipo voceando que me iba a dar dizque un dulce. ¡Estos atracadores inventan! Me le acerco y me lleva por ahí y me hace de tó.
  • Hay que tener cuidado, sí.

Volvemos a mirar, casi a la vez, al horizonte a nuestra izquierda esperando que entre la onda de calor, esa ilusión de agua flotando mientras te corren las gotas de sudor por la espalda, aparezca aquella silueta verde manzana.

  • Miren, para evitar los atracos es mejor salir corriendo pidiendo ayuda que hacerle frente a los ladrones.
  • Yo mejor le suelto la cartera, porque  total… si te agarran te arrastran, y si están armados puede pasar lo peor. Total… las mujeres somos la presa favorita de esos azarosos.
  • ¡Ahí viene la omsa!

Las tres nos apuramos a la puerta. Ya dentro, agarradas de los tubos y las correas, nos miramos como tres cómplices que acabamos de vencer a la mala suerte.